Leopoldo II, el fraude del Congo (y II)

Mapa que sitúa el Estado Libre del Congo en 1890.

El poblado que se negaba a proporcionar caucho solía ser arrasado por entero. Siendo joven via Mobili, un soldado que vigilaba el pueblo de Boyeka, traer una gran red, meter en ella a diez nativos detenidos, atar unas grandes piedras a la red y ordenar que la arrojaran al río […]. La causa de aquellos tormentos era el caucho; ésa es la razón de que no queramos ni oír su nombre. Los soldados obligaban a los jóvenes a violar a sus propias madres y hermanas” Relato de un sacerdote católico citando a un hombre, Tswambe, que hablaba de Léon Fiévez, funcionario estatal, y su ejército, que aterrorizaron, como señala el relato, la localidad de Boyeka.

En 1887, el veterinario escocés John Dunlop desarrolló el primer neumático con cámara de aire mientras trataba de reparar el triciclo de su hijo. A partir de aquí se constituyó una industria, la del neumático, que permitió el auge de la bicicleta y del automóvil como ejes centrales de la expansión del transporte terrestre a finales del siglo XIX. El caucho, como elemento básico de esta industria –además de ser esencial para mangueras y tubos de goma, así como para el aislamiento de teléfonos y telégrafos-, pasaría a ser el oro blanco para Europa. La gran demanda europea de caucho que comenzó en 1890 sería vista con muy buenos ojos por Leopoldo II, pues su colonia del Congo, cuyo territorio está comprendido por una vastísima selva ecuatorial, abarcaba una gran cantidad de caucho silvestre.

Hasta 1890, el llamado Estado Libre del Congo de Leopoldo II –recordemos, obtuvo su reconocimiento internacional en 1885- no había sido una propiedad lo suficientemente lucrativa como el rey belga habría deseado. En estos cinco años, la obsesión del rey fue, de hecho, la de buscar dinero para financiar su “empresa filantrópica”, llegando a pedir préstamos al Parlamento belga del que tanto renegaba, pues limitaba su poder en el pequeño país europeo. En cuanto a la exportación de los recursos del Congo primaba, por encima de todos, el negocio del marfil – es decir, los dientes de los elefantes-, el cual era el comercio más rentable. Para gestionar los recursos congoleños, Leopoldo II dispuso de un entramado de funcionarios estatales que tenían la función de adueñarse prácticamente de todo, desde el beneficioso marfil hasta de las cosechas locales. En este punto es donde podemos observar, sin discusión alguna, que el objetivo último de Leopoldo II en el centro de África era económico, y no humanitario como defendió largamente el rey. Demostró, pues, su verdadera naturaleza e intencionalidad.

En este punto cobra especial relevancia, junto al cargo de los funcionarios, la figura de los porteadores; hombres, mujeres y niños autóctonos que transportaban tanto municiones como víveres acompañando a los funcionarios estatales durante sus adquisiciones cuando debían adentrarse en la selva y no podían hacer uso del sistema fluvial. Como podemos imaginar, en los porteadores, que eran reclutados forzadamente en los pueblos, el número de muertos era especialmente alto cuanto tenían que transportar grandes cargas a largas distancias. Para precaver su espantada, los porteadores eran encadenados, con lo cual es fácil esbozar cuáles eran sus condiciones y la consideración que tenían los europeos de ellos; la de simples animales, seres infrahumanos. Por otra parte, condición indispensable para que el sistema funcionara, para que la deshumanización de la población autóctona resultase cuotidiana para los funcionaros europeos. Para insensibilizar más aún a los porteadores, se hacía uso, entre otros procedimientos como el ahorcamiento, de la chicotte, látigo de piel de hipopótamo sin curtir y de cortes afilados, la cual se aplicaba a las nalgas de aquellos que desistían de realizar lo que les era ordenado. La crueldad de la que haría gala el Estado Libre del Congo décadas después empezaba a mostrar sus signos más implacables.

The Chicotte
Ejemplo del uso de la chicotte. Se obligaba a un africano a que le aplicase el castigo a su semejante.

Llegamos aquí al auge del caucho, que, como hemos comentado al inicio, significó para Leopoldo II un incremento sustancioso del potencial económico de su colonia al comprobar la cotización de dicho producto. Existe un dato que explica, en parte, la ferocidad del rey para recaudar el máximo de caucho lo antes posible, esto es, a partir de 1890. El Congo disponía de grandes reservar de caucho silvestre, pero ya en América Latina y Asia se empezaron a plantar plantaciones de árboles del caucho. Hasta que éstas maduraran en unas dos décadas, Leopoldo debería asegurarse el máximo de caucho posible antes de que el precio cayera por las fuertes competencias. Para la recogida del caucho, que procede de la savia de los árboles, no podían ejercer de la misma manera que con los porteadores, véase encadenamientos o la chicotte, pues los hombres debían dispersarse por la selva y trepar por los árboles. ¿Cómo podían, pues, los funcionarios obligar a la población autóctona para la recogida del deseado caucho? Como informó el vicecónsul británico en 1899,

El método consistía en llegar en canoa a un pueblo, cuyos habitantes escapaban siempre corriendo a su llegada; los soldados desembarcaban e iniciaban un saqueo; a continuación atacaban a los nativos hasta apoderarse de sus mujeres, que mantenían como rehenes a la espera de que el jefe del distrito aportara el número de kilogramos de caucho exigidos”

¿No parece un mal procedimiento para obligar a la población local a enriquecer a Leopoldo II, verdad? Hemos de añadir, además, que Leopoldo II contaba con un ejército para su Estado. Éste se hacía llamar la Force Publique. Con diecinueve mil hombres, se convirtió en el ejército más poderoso de África central. Básicamente, su cometido era el de apaciguar las continuas revueltas que se daban entre las tribus más rebeldes, haciendo valer principalmente su mayor potencia de fuego. Cabe señalar que, si bien los altos mandos eran europeos, los soldados sin graduación eran negros, los cuales, dado que su tratamiento no difería al que le correspondía por su “raza” según sus superiores europeos, organizaron múltiples motines. Pese a todo, las Force Publique procuraron que las poblaciones obligadas a recaudar caucho cumplían su cometido taxativamente.

Mención aparte merece una práctica que fue extendiéndose por el Congo, a la vez que la sangría por la cosecha del caucho se ampliaba por las tribus autóctonas, y que acabaría por convertirse en una costumbre icónica del terror del Estado Libre del Congo: la amputación de manos. Al igual que la toma de rehenes, la amputación era una medida deliberada para los pueblos que se negaban a someterse al régimen del caucho. También se utilizaba la amputación como prueba de que esa persona había fallecido, con los errores que ello puede conllevar; se cortaban manos a personas vivas que se creían muertas. Con todo ello, resulta comprensible, tal y como recoge el relato del inicio del artículo, rememorar el temor que podían sentir las tribus congoleñas ante el simple nombre de caucho, pues era sinónimo de atrocidad y horror.

leopold congo
Amputación de manos en el Estado Libre del Congo.

Alcanzado este punto, teniendo presente el régimen esclavista que el rey belga articuló para su propio beneficio económico y en detrimento de una población local alterada y diezmada, nos preguntamos, ¿no se alzaron voces críticas ante semejante aberración humanitaria? Sin desmerecer la actividad de William Sheppard -misionero presbiteriano que se convirtió en el primer afroamericano en llegar al Congo, donde publicó las atrocidades cometidas principalmente por la Force Publique contra la tribu kuba-, y de Joseph Conrad -novelista polaco autor de “El corazón de las tinieblas”, obra inspirada en los seis meses que pasó en el Congo, y que pasa por ser una crítica punzante del sistema ideado por Leopoldo II-, debemos ensalzar la labor de Edmund Morel, periodista británico, y Roger Casement, diplomático británico nacido en Irlanda.

Edmund Morel. Escritor incansable por su denuncia, aunque nunca criticara la empresa colonial de su país.
Edmund Morel. Escritor incansable por su denuncia, aunque nunca criticara la empresa colonial de su país.

Ambas personalidades -cuya vida y hazañas darían, sin duda, para un artículo- contribuyeron decisivamente en la denuncia de los desmanes de Leopoldo II en territorio congoleño. Edmund Morel desde sus numerosas publicaciones periodísticas y Roger Casement como embajador británico en el Congo a inicios del siglo XX, se revelaron como dos exponentes cruciales para la acusación del Estado Libre del Congo como régimen esclavista e inmoral. La amistad entre ambos originó la llamada Asociación para la Reforma del Congo, la cual propició la creación de una opinión pública internacional negativa respecto a Leopoldo II, motivo crucial para su final renuncia al Congo, su colonia por la que tanto empeño mostró, finalmente vendida a Bélgica en 1908 a cambio de que el gobierno belga se hiciese cargo de la deuda del Estado Libre del Congo, además de 45 millones de francos para proyectos constructivos que tenía en mente el rey belga.

Roger Casement. Destacó al final de su vida por un posicionamiento a favor de la independencia de Irlanda.
Roger Casement. Destacó al final de su vida por un posicionamiento a favor de la independencia de Irlanda.

Así pues, después de veintitrés años, el sistema colonial de Leopoldo vio su final. Antes de entrar en valoraciones finales, me gustaría compartir una reflexión que también refleja Adam Hochschild en su magnífica obra “El fantasma del rey Leopoldo”; ¿por qué estalló, principalmente en Inglaterra y en Estados Unidos, una protesta –justificada- contra el Congo, obviando y silenciando las atrocidades también cometidas por otras potencias como Alemania, Inglaterra o Francia? La respuesta ésta, esencialmente, en que Bélgica era un objetivo fácil al no ser una potencia europea y, mucho menos, mundial. Fueron asesinos, sí, pero igual que lo pudieron ser los alemanes, los franceses, los ingleses, los portugueses, los españoles o los italianos. Basta recordar al general alemán Von Trotha, quien condujo al genocidio del pueblo herero y namaqua. Entre muchísimos ejemplos que encontramos, con mayor o menor visibilidad, en la cruenta historia africana colonialista.

Debemos hablar, por último, de las cifras de mortandad que se dieron en el régimen de Leopoldo II, para así valorar, como comentábamos al inicio del primer artículo, si el rey belga puede ser considerado un genocida a la altura de nombres como Adolf Hitler, Iósif Stalin o Mao Zédong. Tal y como coinciden los principales investigadores, la población congoleña, en estas más de dos décadas bajo dominio personal del rey belga, se vio reducida hasta la mitad. Si tenemos en cuenta que el primer censo en el Congo fue realizado en 1924 y que la población se calculó en diez millones, podemos establecer que la población inicial congoleña en 1885 era de veinte millones. Con todos los riesgos y dificultades que todo ello supone, concluimos que la población se redujo en diez millones de personas durante el periodo de Leopoldo II.

Lejos de comparar estas cifras con las de los dictadores arriba mencionados, lo cual me parece, desde mi punto de vista, profundamente vil, podemos afirmar que Leopoldo cometió un genocidio en el Congo. Pero, ¿qué es un genocidio? Recogiendo la definición de los sociólogos Fran Chalk y Kurt Jonassohn, “el genocidio es un tipo de masacre de masa unilateral con la que un Estado u otra autoridad tiene la intención de destruir a un grupo al que el mismo perpetrador ha definido.”, sostenemos que Leopoldo II, el fraude del Congo, fue el ideólogo de un genocidio hacia el pueblo congoleño. Sí, merece ser considerado uno de los genocidas más despiadados de la época contemporánea.

“La capacidad de Leopold para administrar el gobierno de Congo junto con su don para la autopromoción y el disimulo, mantuvo el conocimiento de lo que estaba ocurriendo allí al mínimo. Inevitablemente, la verdad se filtró como se supo a través de los informes de misioneros y similares: los nativos estaban siendo explotados voluntariamente y tratados brutalmente en interés de acumular ingresos para el rey y sus agentes.” Roger Casement

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