El vuelo de Alfredo Stroessner

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“Yo sabía que moriría. No en el primer mes, ni en el segundo, quizás ni el quinto. Pero moriría. Todos mueren en aquel desierto, comiendo lo que comen, bebiendo agua con gusto a barro y agotándose en un brutal trabajo de esclavo. La disentería mata, porque allá no hay médico ni remedios. Lo que hace la disentería lo completa el calor, porque llega a los 45, 50 grados centígrados” Luis Kallsen
El cóndor andino es un ave enorme que se encuentra entre los más grandes del mundo capaces de volar. Símbolo nacional de Bolivia, Chile, Colombia, Ecuador y Perú, fue un animal ampliamente representado en la mitología de las sociedades andinas precolombinas. De naturaleza carroñera, utilizan sus certeros ojos en búsqueda de cualquier cadáver. Lejos de descender su vuelo de forma inmediata cuando vislumbran a la víctima, los cóndores se limitan a volar sobre la misma uno o dos días hasta que finalmente la devoran con su férreo pico, capaz de desgarrar tejidos y de ingerir hasta 5 kg de carne en un día. Es, además, una de las aves más longevas, pudiendo alcanzar la edad de 50 años.
El 22 de diciembre de 1992, un grupo de familiares de desaparecidos y víctimas de la dictadura paraguaya de Alfredo Stroessner encabezados por Martín Almada, pedagogo y abogado, y el juez Agustín Fernández, llegó ante una sede policial del suburbio de Lambaré, en Asunción, capital de Paraguay, y en nombre de la justicia ingresaron al lugar. Su objetivo era el de registrar los archivos policiales relacionados con Martín Almada, pero en su lugar encontraron una serie de documentos bien distintos, conocidos como el “Archivo del Horror”. Con lo que toparon es con una red de cooperación, que se remonta a la década de los setenta, entre los países del Cono Sur de América con el objetivo último de intercambiar información e inteligencia entre los países miembros para así intensificar la represión de cualquier elemento subversivo. Por supuesto, con la estrecha colaboración del gobierno de EE.UU, que, en su ambición por hacer de su política exterior post-Segunda Guerra Mundial una extensión del salvaje anticomunismo norteamericano, puso sus zarpas allí donde cualquier atisbo reaccionario debiese ser aniquilado, aunque no tuvieran ni idea de en qué país interferían, como documentes de la CIA nos han ayudado a entender. (Los casos en países africanos seguramente sean los más flagrantes). Es decir, la Operación Cóndor se contextualiza en aquello que los historiadores llamamos la Guerra Fría, ese concepto abstracto y universal difícil de definir, tanto semántica como geográficamente, pero que podemos englobar como la bipolarización del mundo entre el bloque capitalista y el bloque comunista en la segunda mitad del siglo XX.
Como el cóndor, los gobiernos implicados en esta operación inspeccionaron el territorio sudamericano en busca de aquellos residuos rebeldes a los que poder convertir, a continuación, en fiambres.

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Ilustración de la Operación Cóndor

Cuando mencionamos la Operación Cóndor, rememoramos la funesta Argentina de Jorge Rafael Videla y sus colegas de “El Proceso” -capaces de organizar uno de los eventos deportivos más penosos y que más literatura política ha tenido posteriormente-; la muerte de Salvador Allende y el posterior ascenso del comandante en jefe del Ejército de Chile Augusto Pinochet –hay que señalar que Chile fue el principal impulsor de la Operación Cóndor-; los veinte años de dictadura militar de Brasil, de los que la actual presidenta de Brasil Dilma Rousseff puede decir que fue una damnificada, siendo torturada durante tres años; y, la “gran cárcel” en la que se convirtió la Uruguay de Juan María Bordaberry, diminuto país que se vio acosado por la fuerza de dos potencias como Argentina y Brasil. Llegamos en este punto al quinto país por excelencia miembro de este plan de colaboración, el Paraguay de Alfredo Stroessner.
Pese a que posiblemente su nombre no nos resulte del todo familiar, Stroessner fue, entre todos los dictadores del Cono Sur, el que mayor tiempo pudo perdurar en el poder. Si anteriormente afirmábamos que el cóndor puede llegar a vivir hasta los 50 años, la dictadura paraguaya se extendió hasta la no desdeñable cifra de 35 años, concretamente desde 1954 a 1989. Nos cuestionamos, por consiguiente, ¿porque la dictadura stronista es un hecho tan alejado de nuestros conocimientos, cuándo fue la más longeva de las dictaduras acontecidas en Sudamérica en el siglo XX? Paraguay es un país olvidado y desconocido, ensombrecido por sus vecinos Argentina, Brasil, Uruguay y Chile, todos ellos con recursos minerales y económicos superiores que atraen un capital foráneo que se ve limitado en Paraguay, por lo que el peso internacional del país guaraní se ve mermado. A ello debemos de sumar que las cifras de muertes y desparecidos en la dictadura de Paraguay resultan sensiblemente menores que en los otros países de la Operación Cóndor, por lo que el impacto internacional que pudiese tener el gobierno de Stroessner se vio frenado por una apariencia de país políticamente saludable, en el cual no se cometían crímenes contra la humanidad.
Así pues, los 70 muertos y desaparecidos oficiales de Paraguay se mantienen alejados de los 8961 de Argentina, los 3197 de Chile, los 352 de Brasil y los 288 de Uruguay. Hablamos, aclaro, de cifras oficiales. En el caso que nos ocupa, Paraguay, las estimaciones extraoficiales señalan que entre 1000 y 2000 opositores políticos fueron eliminados. Además, aproximadamente un millón de paraguayos se encontraban exiliados en Argentina, Brasil y Urugay en 1972. Teniendo en cuenta que la población del país era de dos millones y medio de habitantes en dicho año, la cifra es sumamente reveladora. Pese a ello, no solo nos basaremos en los números para valorar al régimen stronista. Tal y como afirma el periodista brasileño Nilson Cezar Mariano, en Paraguay “la masacre fue más selectiva porque los militares invariablemente consiguieron abortar las insurrecciones. Impidiendo la formación de grupos de oposición al régimen, evitaron el surgimiento de enemigos numerosos.” Las fuerzas militares paraguayas se concentraban, pues, en anular las pequeñas revueltas que se pudiesen dar ante la inexistencia de un enemigo organizado, sobrepasado por una maquinaria represiva superior. Ello explica la inexistencia de crímenes colectivos y el reducido número de muertos y desaparecidos.

Los dictadores de Paraguay, Alfredo Stroessner, y de Argentina, Jorge Rafael Videla
Los dictadores de Paraguay, Alfredo Stroessner, y de Argentina, Jorge Rafael Videla

Guido Rodríguez Alcalá, abogado y narrador paraguayo, sostiene que, respecto a Pinchoet y Videla, Stroessner “posiblemente, es peor que ellos. Mató menos que otros dictadores tan perversos como él. Sin embargo, y esto sí, fue increíblemente ladrón: la suma de sus negociados y los de su familia superan toda imaginación.” Esta afirmación parece refrendarse en el hecho de que, con tal de conseguir poder y dinero, el dictador guaraní institucionalizó el narcotráfico, el contrabando y el robo de automóviles, incluso llegó a comentar que la corrupción generalizada era “el precio de la paz”, una afirmación que no debería pasar desaparecida actualmente. Todo valía en el país sudamericano con tal de que Alfredo Stroessner y sus esbirros se mantuvieran en el poder. Pero, evidentemente, no solo a partir de una fuerza militar eficiente y de una corrupción estatal se sostenía el régimen guaraní; encontramos, aquí, un hecho que distingue Paraguay de las demás dictaduras sudamericanas.
Si en Uruguay se optaba por los encarcelamientos prolongados, en Argentina por el exterminio en masa y el ocultamiento de cadáveres, y en Chile por los fusilamientos colectivos, Paraguay se inclinó hacia los métodos de los alemanes nazis: patentaron los campos de concentración. Tal y como sucede con el cóndor, Alfredo Stroessner no despedazó a sus víctimas directamente, sino que escogió un método, los campos de concentración, en el que inhabilitarlas. En ellos, se llevaba a cabo el manual de tortura paraguayo, pionero en las dictaduras del Cono Sur, y basado en las exigencias de Héctor Rosendi, mercenario argentino y aprendiz de la Gestapo. Es aquí donde debemos contextualizar las declaraciones que hemos recogido en el inicio del artículo de Luis Kallsen, presidente del Club Liberal Alón y contrario al régimen stonista, torturado, precisamente, por Rosendi. Como él, los presos políticos paraguayos fueron deportados a los campos de concentración, donde serían expuestos a un martirio de tradición nazi. Sí, en Paraguay. Como recoge Nilson Cezar Mariano, algunos de los mandamientos que se desarrollaron en los campos de concentración eran la reclusión en prisiones durante largas semanas expuestos a la oscuridad o a intensas luces, la opresión de testículos, la utilización de objetos punzantes la sumersión de la cabeza o todo el cuerpo en agua mugrienta y la aplicación de electricidad en los órganos internos de las víctimas, entre otras prácticas inmundas.
Como habrán podido imaginar por su apellido, Alfredo Stroessner era de origen alemán. Su padre, Hugo Stroessner, era un inmigrante alemán natural de Hof, Baviera, llegado a Paraguay hacia 1895. Evidentemente, ello no explica de por sí que el dictador paraguayo copiara métodos nazis de tortura, pero no deja de ser llamativo, pues la filogermanía del dictador no parece que acabe aquí. Josef Mengele, el “Ángel de la Muerte”, médico de las SS en Auschwitz -aquel capaz de experimentar con bebés para crear siameses-, tras huir primero a Argentina, acabaría recalando en Paraguay en 1959, donde estaría un año. Como él, otros nazis también encontrarían techo en la dictadura guaraní de Stroessner. La dictadura más longeva de la Operación Cóndor que permanece olvidada en la Historia. El vuelo cóndor de un dictador que hizo de Paraguay un campo de concentración.

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