Historia

La generación que cambió el fútbol inglés

“You’ll get one of these through your knees if you step on our Wembley turf”. (Recibirá una de éstas en sus rodillas si pisa nuestro césped de Wembley)

Este texto, junto a una bala, fue enviado al domicilio de Cyrille Regis cuando fue seleccionado para representar a la selección absoluta de Inglaterra en 1982. No rehuyó la llamada.

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Cyrille Regis, con la camiseta de Inglaterra

Prolífico jugador de, entre otros, el West Bromwich Albion y el Coventry City, Regis, nacido en la Guyana Francesa, emigró a Inglaterra junto a su familia a principios de la década de los sesenta. No será el primer jugador afro-caribeño en competir en la primera división del fútbol inglés; no será, tampoco, el primer jugador de color en vestir el uniforme de los Tres Leones. Sin embargo, su ejemplo permite ilustrar la historia de miles de antillanos que emigraron hacia el Reino Unido durante la segunda mitad del siglo XX: la llamada generación Windrush, nombre que hace referencia al primer barco que transportó inmigrantes del Caribe a la metrópolis londinense.

Tras la Segunda Guerra Mundial, el Reino Unido requería de mano de obra para reconstruir los desperfectos provocados por la aviación alemana y cubrir la escasez de personal en el mercado laboral. Para ello, buscó solución en los países pertenecientes a la Commonwealth, otorgando la ciudadanía británica a todos los habitantes de la organización. Como podemos suponer, las perspectivas de trabajo y un futuro mejor atrajeron a un gran nombre de inmigrantes. Especialmente, procedentes de las posesiones coloniales británicas del Caribe. Si en 1951 la población británica nacida en las islas caribeñas era de 15.000, en 1961 asciende a 172.000.

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HMT Empire Windrush, 22 de junio de 1948. Transportó los primeros 492 pasajeros procedentes de Kingston, Jamaica.

Semejante cantidad de inmigrantes, como el incidente de Cyrille Regis testimonia, condujo a un aumento de la hostilidad racial procedente de los sectores más intolerantes de la sociedad británica, destacando el fascismo de Oswald Mosley y el surgimiento de nuevas plataformas políticas de extrema derecha como la White Defence League y el National Labour Party. La amenaza a Regis es, pues, una minúscula anécdota dentro de los diferentes enfrentamientos raciales que se dieron en las principales ciudades británicas como Londres, Birmingham o Nottingham.

Visita de Oswald Mosley a la Italia de Benito Mussolini en 1936. 

A su vez, no obstante, su caso evidencia cómo el fútbol británico también se vio influenciado por la generación Windrush. No fue hasta la década de los setenta cuando esta generación, representada por nombres como Clyde Best, Luther Blisset, el propio Cyrille Regis o Viv Anderson –él sí, el primer jugador de color en ser convocado por la selección absoluta de Inglaterra-, irrumpieron en los estadios británicos y empezaron a normalizar una situación hoy en día totalmente aceptada como es la presencia de jugadores ingleses de origen antillano tanto en la Premier League como en la selección inglesa.

Atrás quedaron los casos aislados de Andrew Watson, jugador nacido en la Guayana Británica que disputó partidos internacionales con la selección escocesa en el siglo XIX, o de Arthur Tull, hijo de un barbadense que jugó para el Tottenham Hotspur a principios de siglo XX.

Con la generación Windrush, en definitiva, la sociedad y el fútbol británicos evolucionaron hacia un estado multiétnico del que nunca deberían retornar.

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La selección inglesa antes se debutar en la Eurocopa de 2016

Cáucaso septentrional: incertidumbre chechena

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Ingushetia, Cáucaso septentrional, Federación rusa

La leyenda cuenta que cuando Dios creó el mundo espolvoreando las naciones por el globo, torpemente se le cayó el salero sobre lo que los antiguos viajeros denominaban la “montaña de las lenguas

Frontera natural entre Europa y Asia, el Cáucaso septentrional es una región que, pese a su limitada exposición mediática, se presenta como una de las más fascinantes y estimulantes desde un punto de vista étnico-cultural. Perteneciente políticamente a la Federación rusa, el Cáucaso septentrional se asienta en la parte norte de la cadena montañosa que denominamos Cáucaso y que separa los dos grandes mares euroasiáticos: el Mar Negro y el Mar Caspio.

Con una extensión similar a la España septentrional, concentra dentro de sus límites alrededor de 40 etnias, número difícil de establecer con exactitud por las múltiples ramificaciones en las que se dividen internamente los grupos históricos que han permanecido en el norte del Cáucaso. Debido a su estratégica posición geográfica, esta región ha advertido a lo largo de la Historia la presencia de decenas de etnias de distinta procedencia; el resultado es  la formación de una amalgama étnica en la cual encontramos pueblos de origen, eslavo, túrquico, mongol, iranio, griego e indígena caucasiano. Ello, sumado a la tosca y abrupta orografía caucásica, conforma un escenario en el que aldeas próximas geográficamente son étnica y culturalmente distintas.

Dividido actualmente en siete repúblicas autónomas rusas -Chechenia, Osetia del Norte, Ingushetia, Kabardino-Balkaria, Karacháevo-Cherkesia, Adiguesia y Daguestán- el Cáucaso septentrional ha sido para los rusos, desde su conquista imperial iniciada el siglo XVI, una región de difícil estatus y mantenimiento. La complejidad étnica de la región ha supuesto una rémora para Moscú; a ello se añade un factor determinante en la consciencia nacional de los pueblos caucasianos: la religión. Exceptuando al pueblo osetio, los pueblos caucasianos son mayoritariamente musulmanes.

La historia del Cáucaso septentrional, una vez formó parte del Imperio ruso y durante el periplo soviético, es una suma de sumisión exterior, guerras de liberación continuas, deportaciones –durante la época de Stalin, por la supuesta colaboración de los pueblos caucasianos con los nazis- y negación cultural, así como de religión; en este caso, por el ateísmo impuesto desde la burocracia soviética. Con el derrumbamiento de la URSS asistimos al hecho que sumirá a una de las repúblicas caucasianas a una de las guerras más cruentas que se recuerdan en la Europa reciente: la independencia de la Chechenia. Dos guerras después –la primera de 1994 a 1996 y la segunda de 1999 a 2009- Chechenia es un símbolo de violencia y terrorismo islámico.

Sobre la guerra en Chechenia existen más incertidumbres que certezas. Señalemos que la guerra en Chechenia ha sido una de las mayores atrocidades en suelo europeo desde la Segunda Guerra Mundial, con miles de bajas militares y civiles. La destrucción material de Chechenia es consecuencia de los innumerables bombardeos  rusos, más persistentes que aquellos bombardeos serbios que recordamos en Sarajevo. ¿Por qué Rusia emprendió una guerra contra una pequeña república caucasiana con tal cantidad de armamento y capacidad militar? Posiblemente la respuesta varíe entre una reafirmación nacional tras la caída soviética, el miedo al Islam y, por supuesto, la situación geográfica de Chechenia, clave en la ruta del petróleo, así como las refinerías petrolíferas chechenas. Pero existen más cuestiones difíciles de resolver.

¿Por qué Rusia esperó tres años, concretamente a 1994, para declarar su posición oficial bélica respecto a la autoproclamada en 1991 República de Chechenia-Ichkeria? Una vez finalizada la Primera Guerra Chechena y tras la “victoria” chechena, ¿financiaron los servicios secretos rusos (FSB) secuestros en Chechenia para debilitar la opinión internacional de la república caucásica?, ¿Cómo en un territorio de tradición sufista, grupos wahabitas arribados de Arabia Saudí lograron imponerse en toda la sociedad chechena, dibujando un período de entreguerras (1996-1999) totalmente ingobernable para el electo gobierno checheno de Aslán Masjádov? En este sentido, ¿interesaba desde Moscú crear una imagen de Chechenia donde prevaleciera el terrorismo islámico para justificar su guerra? ¿O simplemente Chechenia era incapaz de autogobernarse por su complejidad tribal y la incursión del wahabismo desde el mundo árabe?

Entrando en la Segunda Guerra Chechena ¿fueron los citados grupos wahabitas, encabezados por el señor de la guerra Shamil Basáyev, los responsables del inicio de esta segunda guerra en 1999 en su intento de invadir la vecina –y también musulmana- Daguestán? ¿O por el contrario fue el FSB el responsable de financiar esta invasión y así lograr la primera coartada para reanudar la guerra en Chechenia? Continuando con la segunda coartada ¿quién fue el responsable de las explosiones en diferentes ciudades rusas en 1999? Desde Moscú –recordemos, con Vladímir Putin como primer ministro desde agosto de 1999- se apuntó rápidamente a los rebeldes chechenos como los autores materiales de dichas explosiones donde fallecieron 293 personas, pero existen pruebas que apuntan a una autoría del propio FSB.

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Miles de musulmanes acuden a una mezquita en Grozni, capital de Chechenia

Por último, ¿por qué Occidente eludió una guerra donde se cometieron crímenes de guerra y eximió de culpa a cualquier responsable, como sí se hiciese en la antigua Yugoslavia?

Lamentable, son cuestiones de compleja resolución, en un país, la Federación rusa, donde la verdad se esconde, a veces, muy lejos de la realidad.

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Fascismo y deporte: António Salazar

Selección italiana. 1934

El deporte, sinónimo de belleza, salud y fortaleza, ha tenido históricamente un vínculo muy estrecho con el fascismo. Como elemento revestido por los regímenes fascistas de unión social, de poderío racial y de grandeza nacional, el deporte ha permanecido a merced de este ente político. Conocidos son los casos de la Copa Mundial de Fútbol de 1934 celebrado en la Italia de Benito Mussolini, los Juegos Olímpicos de Berlín 1936 disputados en la Alemania nazi de Adolf Hitler o la Eurocopa de fútbol de 1964 en la España franquista, entre otros muchos ejemplos de utilización del deporte por parte del fascismo con la intención manifiesta de justificar su sistema político a nivel internacional. Resulta inaudito no encontrar, en cambio, ninguna referencia explícita entre el deporte portugués y el régimen de António de Oliveira de Salazar.

El Estado Novo de Portugal, el régimen fascista más extenso al prolongarse durante 48 años, estuvo encabezado entre 1932 y 1968 por António Salazar, profesor conservador de Economía de la Universidad de Coimbra que gracias a su éxito en el control del déficit presupuestario dentro de la dictadura militar de Portugal, logró imponerse dentro del gobierno y proclamar la Constitución de 1933, que cumplía la función de legitimar su dictadura. Existen evidentes diferencias entre el régimen de Salazar y el de sus homólogos italiano, alemán y español; el carácter desmovilizador del salazarismo, con la pretensión última de despolitización social, así como su naturaleza inmutable, alejada de la voluntad dinamista y enérgica de los regímenes fascistas, distancia al salazarismo de los fascismos arriba mencionados.

Pese a ello, comparte con ellos un líder mesiánico, un nacionalismo extremo, una voluntad imperialista, un antiliberalismo y un antisocialismo radicales y un mito de construcción nacional, por lo que consideramos el salazarismo un régimen que se enmarca dentro de los fascismos de primera mitad del siglo XX. En cualquier caso, es un debate actualmente abierto en la historiografía. Retornando al deporte, añadiremos una diferenciación más entre el Estado Novo y los demás regímenes fascistas: la no utilización política del deporte por parte de António Salazar para respaldar el Estado Novo a nivel internacional.

Francisco Franco nunca ocultó su admiración hacia António Salazar

Francisco Franco nunca ocultó su admiración hacia António Salazar

Tal y como afirma Ricardo Serrano, uno de los mayores especialistas en la historia del fútbol portugués, António Salazar no estaba interesado en el deporte, y, por consiguiente, en el fútbol, deporte predominante en el país luso desde la década de los años 20. Este hecho tampoco es de por sí revelador, pues Francisco Franco tampoco tuvo un interés real en el fútbol. Lo realmente elocuente es que Salazar no utilizara la popularización creciente del fútbol y, más concretamente, los éxitos benfiquistas y de la selección portuguesa, como sí hizo el caudillo español con los triunfos merengues y de la selección española en Europa para exportar una imagen del régimen franquista más positiva y favorable.

Si en España existe el sempiterno debate en torno a la relación de Francisco Franco con el Real Madrid, en Portugal existe una polémica similar; esta vez los protagonistas son António Salazar y el Sport Lisboa e Benfica. Al Benfica, auténtico dominador del fútbol portugués en la década de los sesenta y la primera mitad de los setenta, ganador por dos ocasiones de la Copa de Europa (1961, 1962) -así como subcampeón en tres ocasiones también en los sesenta-, se le ha atribuido una supuesta colaboración con el régimen salazarista. Evidentemente, esta acusación ha sido alimentada por sus competidores; en este caso, deberíamos nombrar al Sporting de Portugal y al FC Oporto.

Un hecho, tan controvertido como crucial, como fue la permanencia de Eusébio durante los años sesenta en el Benfica ha sido uno de los motivos esenciales para justificar la injerencia de António Salazar en favor del club capitalino. Eusébio da Silva Ferreira, la Pantera Negra, uno de los grandes futbolistas del siglo XX, nacido en la colonia portuguesa que actualmente recibe el nombre de Mozambique, fue el mentor del espléndido Benfica de los años sesenta, sin obviar a otros grandes jugadores encarnados como Mário Coluna o António Simões. Tanto en 1963 como en 1966 recibió ofertas de equipos italianos, y en ambas fechas prolongó su estancia en Lisboa, lo cual ha promovido una corriente de opinión que objeta que António Salazar prohibió al jugador mozambiqueño su salida del país luso, pues era considerado un patrimonio nacional.

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Eusébio da Silva Ferreira. Balón de Oro al mejor jugador de Europa en 1965 y Bota de Oro al máximo goleador en 1966 y 1973

Otras informaciones de base más demostrativas, en cambio, señalan que la no-salida del jugador se debió a que Eusébio debía realizar, en 1963, los servicios militares, obligatorio en el Estado Novo, mientras que tres años más tarde fue la propia federación italiana la que desestimó el fichaje, argumentando que tras el bochornoso espectáculo de la selección italiana en el Mundial de Inglaterra de 1966 –con derrota por 1-0 ante Corea del Norte incluida-, debían potenciar las canteras del país transalpino. António Salazar, pues, no habría intervenido directamente para que Esuébio permaneciera en el país.

Por otra parte, insistiendo en esta última versión de lo sucedido respecto a Eusébio, el Benfica fue el club que tuvo más dirigentes opositores al Estado Novo, por lo que resultaría sorprendente que Salazar abogara por favorecerlos con la reclusión en sus filas del mejor jugador portugués y uno de los mejores del mundo. En este sentido, cabe recordar que el Benfica fue el único club con un presidente comunista, Manuel da Conceição Afonso, y que, por el contrario, fue el gran rival lisboeta, el Sporting de Portugal, el que tuvo más simpatías entre los dirigentes gubernamentales, probablemente por su origen elitista.

Rescatando de nuevo el Mundial de Inglaterra de 1966, resulta ciertamente llamativo el nulo aprovechamiento mediático del éxito portugués por parte del régimen salazarista. Portugal comparecía por primera vez en su historia a un Mundial con la triunfante base del equipo benfiquista, y, por supuesto, con Eusébio como jugador referencial. El resultado fue la mejor posición que la selección portuguesa ha conseguido jamás en este evento internacional, con un tercer puesto. Como curiosidad cabe destacar que en cuartos de final fueron capaces de remontar un 0-3 contra la sorprendente Corea del Norte, para después en semifinales ser derrotas por la futura campeona, la anfitriona Inglaterra. Eusébio, por otra parte, sería el máximo goleador del campeonato con nueve goles. Pese al sobresaliente papel de la selección portuguesa, el Estado Novo se inclinó por malbaratar la oportunidad de utilizar este éxito para mandar un mensaje de cohesión al exterior, así como a sus propias colonias –recordemos que la selección portuguesa de 1966 era una selección multirracial-.

Mítica selección portuguesa de 1966. Tercer clasificada en el Mundial tras derrotar a la URSS en la lucha por el tercer puesto

Mítica selección portuguesa de 1966. Tercer clasificada en el Mundial tras derrotar a la URSS en la lucha por el tercer puesto

Observamos, pues, como el modelo fascista que adoptó António Salazar, con la peculiaridad desmovilizadora que ya hemos apuntado, significó que percibiera el deporte como un ámbito en el que poder cultivar valores afines al ideal político-social del dictador portugués. Ideal opuesto, evidentemente, a cualquier principio de espectáculo y movilización social a partir del deporte; de hecho, Salazar optó inicialmente por la desprofesionalización de cualquier deporte -incluido el fútbol- para preservar el carácter íntimo y fraternal que debía alcanzar el deporte portugués. Bajo este punto de vista, podemos afirmar que el Estado Novo sí utilizó el deporte a nivel interno para enraizar una concepción del deporte más cercano al de Educación Física que al deporte de masas. Por el contrario, no utilizó el deporte para ofrecer una apariencia convincente y unitaria a nivel internacional, como sí hicieran sus homólogos fascistas.

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Yihad: definición y desarrollo histórico (II)

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Universidad de al-Azhar, el Cairo, Egipto

Explicábamos, en la conclusión del primer artículo, que la línea histórica que se inició con la doctrina literal de Ibn Hanbal, continuaba con la radicalización progresiva de IbnTaymiyya, y que culminó con el wahabismo y la creación de Arabia Saudí en 1932, es el embrión, el cimiento, de la ideología que actualmente recoge el fundamentalismo islámico, el cual, recordemos, en su vertiente más extrema da lugar a los grupos que denominamos yihadistas. Añadíamos, no obstante, que este itinerario histórico no explica por sí mismo el fenómeno yihadista.
Así pues, para llegar a comprender la doctrina islámica que conduce al yihadismo debemos incorporar, a lo mencionado anteriormente, las teorías político-religiosas que se desarrollaron durante el transcurso del siglo XX en diferentes puntos de la umma, la comunidad de creyentes del Islam.
Sayyid Qutb nació en Asiut (Egipto) en 1906. Dos décadas después, afloraba en la ciudad de Ismailía la asociación de Los Hermanos Musulmanes. Influenciados por el wahabismo de sus vecinos sauditas, proponían el regreso a las fuentes básicas del Islam, así como la construcción de un Estado islamista donde religión y política se hallasen mutuamente vinculadas. Formaron, pues, parte de la fracción islámica dentro de un país de difícil coyuntura política y económica, dividido entre islámicos y laicos tras su independencia del Reino Unido en 1936. Hasta 1951, Qutb no formó parte de Los Hermanos Musulmanes; antes, como maestro y periodista, alardeaba de su actitud liberal. Fue, tras un viaje a Estados Unidos, enviado por el propio gobierno egipcio para realizar estudios de educación, cuando su pensamiento se transformó, posicionándose en la vertiente más radical del islamismo.
El razonamiento de Qutb es de vital importancia para comprender a muchos de los grupos islamistas actuales. Preconizaba que el islamismo debía de ser extensible a todo el mundo, pues era el único sistema válido para la humanidad. En este sentido, recupera el término de jahiliyya, que hace referencia al estado de ignorancia preislámica universal. Es necesario, pues, derrumbar la jahiliyya con el fin de instaurar el Estado islámico.
Sayyid Qutb, no obstante, únicamente considerará como legítimo aquel islamismo que aplique la ley islámica en todos los aspectos de la vida, por lo que cualquier régimen, incluidos los del mundo musulmán, que no cumpla estrictamente la Sharia será considerado de infiel. Por lo tanto, introduce la idea de combatir el propio gobierno, aunque sea musulmán, con el fin de implementar en su totalidad la ley islámica. El instrumento que Qutb utilizó para teorizar acerca de la islamización mundial será, como podréis adivinar, la yihad. Una yihad generalizada y universal. Finalmente, el islamismo de Sayyid Qutb, opuesto al nacionalismo árabe de Nasser, condujo a su ejecución en 1966.

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Sayyid Qutb, encarcelado por Nasser

Otro nombre importante dentro del islamismo contemporáneo es Abû-al-Mawdûdi, nacido en 1903 en la India británica. Será el emblema del islamismo pakistaní, país que obtuvo su independencia del Reino Unido en 1947. Destaca de su pensamiento la crítica que hace a todo tipo de nacionalismo, incluido el propio “nacionalismo musulmán” que se impuso en Pakistán, y que se anteponía al Estado islámico que defendía al-Mawdûdi. Así pues, considera kufr, es decir, un elemento impío, a todos los nacionalismos. También incluye en la categoría de kufr a los ulemas, los doctores de las leyes jurídicas y religiosas musulmanas, recriminándoles el que se hubiesen avenido a un gobierno no musulmán con la llegada de los británicos al subcontinente indio en 1857. Defiende, pues, la islamización “desde arriba” donde la soberanía se ejerza en nombre de Alá, otorgándole a la yihad el cometido de combatir todos aquellos elementos que impiden la creación del Estado islámico.

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Abû-al-Mawdûdi, figura emblemática del islamismo del siglo XX

Observamos como Sayyid Qutb y Abû-al-Mawdûdi, pese a pertenecer a dos órbitas musulmanas diferentes, comparten una visión política y rupturista del Islam. El objetivo de ambos es la creación de un Estado islámico universal que reproduzca la vida de Mahoma y sus seguidores. Para ello, idealizan una yihad ofensiva que debe combatir a cualquier estado que no desarrolle fielmente la ley islámica. Bajo sus escritos, la religión se transforma en una ideología de lucha política. Al incorporar dentro de “esta” yihad a los estados con presencia musulmana, quiebran la tradición musulmana de lealtad a la imama, es decir, a la jefatura de la comunidad musulmana. Aquí radica su importancia como teóricos influyentes en el actual yihadismo, pues abren el camino para que los grupos yihadistas estén legitimados, desde un punto de vista religioso, para luchar contra su propio gobierno.
Como afirma el escritor Abdelwahab Meddel, “en la conjunción entre esta teoría [de Qutb y al-Mawdûdi] y el wahabismo, se formó el integrismo más funesto”. El integrismo que da cabida al yahidismo actual. Pero, ¿dónde se dio esta conjunción? En primer lugar, en las grandes migraciones de egipcios hacia Arabia Saudí –recordemos, feudo wahabita-, fruto del crecimiento económico petrolífero saudita. Pero será en la década de los 80, con la invasión soviética de Afganistán, donde el integrismo contemporáneo englobará las teorías islamistas que se dieron durante el siglo XX para converger en la ideología actual yihadista.
En diciembre de 1979, fuerzas armadas soviéticas cruzan la frontera afgana para auxiliar al gobierno aliado de Amín, tan sólo meses después de la Revolución iraní, bajo la cual el ayatolá Jomeini derrocó al sha Pahlevi, privando a Estados Unidos de uno de los aliados más sólidos en Oriente Medio –en un artículo más extenso, deberíamos analizar profundamente el impacto de la Revolución iraní en el mundo islámico-. En un mundo aparentemente bipolar como el de la Guerra Fría, Estados Unidos no podía permitir que la URSS hiciese entrar sus tropas en Afganistán.

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Tropas soviéticas entrando en suelo afgano bajo el acrónimo de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas

Paralelamente, en el mundo islámico esta aparición de las tropas soviéticas en un territorio de amplia mayoría musulmana, es vista como una invasión al dar al-islam, el hogar del Islam. Por lo tanto, redes islámicas transnacionales situadas dentro de la corriente salafista-wahabista proclaman la yihad en Afganistán para derrocar al enemigo foráneo. Esta llamada no solo fue percibida por los muyahidines -persona que hace la yihad- afganos, sino que se extendió a yihadistas de Egipto, Argelia, Palestina, la península Arábiga y el Sudeste asiático, creándose, así, una amalgama cultural y un contexto perfectos para el desarrollo de una idea extremista del islamismo con la lucha armada como eje.
Por su parte, Estados Unidos, junto a sus aliados Arabia Saudí y Pakistán, hizo caso omiso del contenido ideológico de la movilización islámica a la que decidió armar, pues su único objetivo era el de neutralizar a su enemigo soviético. En este contexto aparece la figura de Ossama Bin Landen y su grupo Al-Qaeda. Podríamos afirmar que fueron incapaces de valorar el potencial de la “brigada internacional yihadista” que estaban creando, y que este, por supuesto, acabaría por volverse en su contra. El final de la guerra de Afganistán de 1990 con victoria muyahidín significará el retorno de muchos de los combatientes a sus países de origen y la propagación definitiva del yihadismo, deseosos de exportar la yihad a todos aquellos gobiernos impíos.

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Muyahidines en las montañas afganas

En este contexto, en Argelia, nace el Frente Islámico de Salvación, que ganará las primeras elecciones libres del país desde la independencia, en 1991, previo paso de una Guerra Civil que asolará el país durante más de una década; en Sudán, se produce un golpe de estado por parte del militar islamista Hassan al-Turabi, por lo que este país se convertirá en un inmenso refugio para los yihadistas; en Palestina, la presión de Hamas, ideológicamente cercano a Los Hermanos Musulmanes, anula la hegemonía de la OAP dentro del conflicto de la intifada; en Afganistán, los muyahidines que habían derrotado a los soviéticos se ven inmersos en una Guerra Civil, en la cual los talibanes se alzan como el grupo principal, instaurando un Emirato Islámico de influencia wahabita; por último, en la península Arábiga se produce la Guerra del Golfo, en la cual Arabia Saudí, en ver amenazado a su aliado Kuwait por la invasión de la Iraq de Saddam Hussein, se vio obligado a pedir auxilio al ejército estadounidense. En clave religiosa, Arabia Saudí perdió el consenso como centro del islam sunnita al invitar a “infieles” –el ejército americano- a la tierra santa del país árabe. Dentro de la división religiosa que se produjo, los fundamentalistas islámicos más radicales incluyeron al gobierno saudí dentro de los regímenes impíos del mundo.
La historia del yihadismo, como todos sabemos, continuará hasta nuestros días. Una yihad de la que hemos intentado explicar sus orígenes y su desarrollo ideológico, y que se ha convertido, actualmente, en uno de los asuntos internacionales de mayor trascendencia y relevancia en el mundo del siglo XXI.

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Yihad: definición y desarrollo histórico (I)

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Raqqa, autoproclamada capital del Estado Islámico

La yihad es, sin riesgo a equivocarnos, uno de los términos más presentes en nuestra vida cotidiana, tanto en los medios de comunicación como en cualquier conversación ordinaria. El Estado Islámico y los recientes atentados de París han acentuado el interés del mundo occidental por aquello que denominamos yihad, ese concepto que nos resulta tan familiar y a la vez tan desconocido. La cuestión es, ¿sabemos exactamente qué es?
La yihad nace del islam, por lo cual, hablar de ella conlleva adentrarse en un mundo -el islámico- volátil y profundamente etéreo. El islam, lejos de ser monolítico, ha rechazado, desde su creación, la imposición de una jerarquía religiosa única. Es, pues, una religión que ha cultivado su tradición a través del debate interno. La yihad, término ampliamente discutido en la literatura islámica por su complejidad, ha sido parte intrínseca de estos debates internos en el mundo islámico. Ello incide a entender que la yihad sea un nombre de difícil análisis semántico, y que su contenido varíe según las diferentes interpretaciones coránicas que se puedan dar en el islam.
Waleed Saleh Alkhalifa, profesor de lengua y literatura árabe en la Universidad Autónoma de Madrid nacido en Irak, define la yihad como “el esfuerzo en la vía de Dios. Puede ser esfuerzo moral, económico o físico”. Claude Carcenac, especialista en Historia de las religiones y profesora de la Universidad de Vic, añade, continuando con la definición anterior, que “se trata de una lucha, exigida a cada musulmán, que pasa por un esfuerzo de predicación y persuasión, que no excluye el uso de las armas, con vistas a propagar la fe verdadera”. Matthew S. Gordon, profesor de Historia en la Universidad de Miami especializado en el mundo islámico, afirma que yihad se entiende como “luchar en el nombre de (o en defensa de) la fe”. Con el ejemplo de estos tres autores, estudiosos del islam, observamos cómo, pese a la dificultad inicial para definir yihad, existe una unanimidad intelectual en delimitar -o simplificar- el término como un deber, un esfuerzo, de los musulmanes de luchar contra todo aquello que pueda corromper la palabra de Dios.
En la tradición musulmana, la yihad adopta dos vertientes: la yihad mayor y la yihad menor. Por yihad mayor entendemos el esfuerzo diario en resistir el mal y la inmoralidad, es decir, en dominar las propias pasiones y mejorar como musulmán; es la lucha por la purificación del alma. La yihad menor, en cambio, hace referencia a la lucha de carácter externo, al deber de los musulmanes de actuar, inclusive con fuerza, si se percibe que el islam está amenazado. Es en esta segunda acepción en la cual solemos ubicar la yihad, a la que definimos coloquialmente como guerra santa. Sobre la conveniencia o no de equiparar la yihad con la guerra santa existe un largo debate del cual nos mantendremos al margen en este artículo. En definitiva, observamos como la yihad se presta a dos significados que pueden crear múltiples interpretaciones, desde una visión interior, mística del islam, hasta la violencia que representa, hoy en día, el fundamentalismo islámico, que da lugar –en su vertiente más extrema- a los grupos yihadistas.
Precisamente es el nacimiento y desarrollo del fundamentalismo islámico la cuestión que analizaremos a continuación. ¿De qué doctrina islámica derivan los actuales grupos yihadistas? ¿Cuál es el espejo histórico en el que se inspiran para desarrollar una idea radical del islam? ¿Qué interpretación hacen del concepto de la yihad? Para tal aspiración, debemos retroceder, en primer lugar, al nacimiento del derecho islámico y a las escuelas islámicas que surgieron de él.

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Bagdad, ciudad de nacimiento de Ibn Hanbal

Tras la muerte del cuarto y último califa ortodoxo (éstos fueron los cuatro primeros califas que sucedieron a Mahoma), se hizo necesario la fijación de un derecho islámico para guiar la vida de los fieles. En la actualidad, sobreviven cuatro escuelas jurídicas en el islamismo sunita, cada una de las cuales recoge dos fuentes principales: el Corán, el libro sagrado de los musulmanes, y la Sunna, que remite las actuaciones y predicaciones de Mahoma. Entre las escuelas jurídicas, que se desarrollaron entre el siglo VIII y IX, debemos prestar especial atención a la hanbalista, fundada por Ibn Hanbal, pues es la escuela que interpreta el Corán y la Sunna de una forma más literal y estricta, siendo, aún a día de hoy, una referencia para el islam más radical. Es decir, es la escuela islámica que recoge una acepción más inflexible y, por consiguiente, radical, de la yihad. Con la escuela hanbalista se inaugura, por otra parte, la tendencia salafista dentro del Islam. El salafismo (“salaf”, antiguo) son un conjunto de ideas que abogan por el retorno al modelo de vida de los antepasados, es decir, a los compañeros del Profeta y las dos siguientes generaciones. No creen en la razón sino en la aplicación rigurosa de los textos sagrados, el Corán y la Sunna. Repudian, por otra parte, a aquellos que visitan tumbas o mausoleos para rezar a muertos o santos, pues Dios (Alá) es el único que debe ser adorado.
Ibn Taymiyya será en la Edad Media –concretamente en el siglo XIV-, el continuador de la doctrina hanbalista. Coetáneo de una época turbia en el mundo islámico, el cual debía hacer frente a las cruzadas cristianas en Oriente Próximo y a las invasiones mongoles, rescatamos de su reflexión religiosa la importancia que le otorga a la yihad, la cual sitúa a la altura de los cinco pilares del islam. La yihad, en este caso entendida como “la lucha contra el infiel” –yihad menor-, es, para Ibn Taymiyya, una base de la sumisión a Dios y una función del musulmán. Añadir también que, en su defensa de que el imperio luche al servicio de la religión, el autor islámico incorpora la idea de que el islam es religión y política, dos conceptos que deben transitar unidos para el éxito del islam. Esta idea es de suma importancia para entender el islamismo contemporáneo. Su plática belicosa y radical estará presente en el discurso del fundamentalismo islámico del siglo XX. Pero antes, debemos detenernos en el wahabismo.

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Muhammad ibn Abd al-Wahhab, reformador e influyente religioso

Muhammad Abd al-Wahab, fundador del wahabismo en el siglo XVIII, resucitó los ideales de Ibn Taymiyya, recrudeciendo, por otra parte, las exigencias para el cumplimiento de las obligaciones religiosas y la oposición al culto de los santos, argumentando que los que veneraban a éstos eran politeístas y blasfemos. En este sentido asistimos a una gradación radical desde los postulados del siglo IX de Ibn Hanbal, pasando por la crítica radical de Ibn Taymiyya, y culminando con la acción violenta que defiende al-Wahab. La conducta de los musulmanes no debía sobrepasar la de los primeros califas ortodoxos, por lo que al-Wahab prohibía el tabaco, los amuletos, los anillos y condenaba que los fieles se levantaran de su sitio para recibir y saludar a otros, pues solo Dios merecía tal gesto. Es imprescindible agregar que el wahabismo, como doctrina del islam, ha recibido múltiples críticas dentro de sectores islámicos. Como recoge Abdelwahab Meddeb, historiador, poeta y profesor tunecino, “la mediocridad y la ilegitimidad doctrinal de Ibn al-Wahab han estado denunciadas en diferentes ocasiones. [Ibn al-Wahab] es más copista que creador. Las páginas que ennegreció confirman su obediencia hanbalista estricta”. Ahora bien, conocida la vulgaridad del wahabismo, ¿dónde radica su importancia como creencia influyente en el fundamentalismo contemporáneo?
Desde el nacimiento del wahabismo, esta creencia islámica ha contado con el absoluto apoyo de la dinastía Al-Saud. Tras aproximadamente dos siglos de lucha wahabita-saudita contra el imperio otomano en la península Arábiga, en 1932 se creó el actual estado saudita en nombre de la ideología wahabita, la cual se aclamó como la doctrina oficial de Arabia Saudí. El posterior expansionismo del wahabismo no se entiende sin la fortuna que conllevó la explotación petrolera. Arabia Saudí, aliado de Estados Unidos y la OTAN, se permitió el lujo de trasplantar el wahabismo a países vecinos árabes donde la escuela salafista-wahabista, y por ende, la escuela hanbalista, era minoritaria, utilizando los recursos económicos que el petróleo le proporcionó para la extensión de su doctrina religiosa a través de los medios de comunicación y la enseñanza.
Llegados a este punto, es necesario exponer dos reflexiones: en primer lugar, resaltar, como nos enseña la Historia, que la corriente salafista que se inicia con Ibn Hanbal, continua con Ibn Taymiyya y culmina con el wahabismo, es, antes de la construcción de Arabia Saudí, una opción minoritaria dentro del Islam mundial. En segundo lugar, afirmar que el wahabismo no explica, por sí mismo, el nacimiento del fundamentalismo islámico y de los grupos yihadistas actuales, pese a que, evidentemente, influye ideológicamente de forma evidente. Debemos agregar, pues, el desarrollo de nuevas corrientes islámicas que emergerán en el siglo XX en el mundo islámico. Lo veremos en el próximo artículo.

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El vuelo de Alfredo Stroessner

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“Yo sabía que moriría. No en el primer mes, ni en el segundo, quizás ni el quinto. Pero moriría. Todos mueren en aquel desierto, comiendo lo que comen, bebiendo agua con gusto a barro y agotándose en un brutal trabajo de esclavo. La disentería mata, porque allá no hay médico ni remedios. Lo que hace la disentería lo completa el calor, porque llega a los 45, 50 grados centígrados” Luis Kallsen
El cóndor andino es un ave enorme que se encuentra entre los más grandes del mundo capaces de volar. Símbolo nacional de Bolivia, Chile, Colombia, Ecuador y Perú, fue un animal ampliamente representado en la mitología de las sociedades andinas precolombinas. De naturaleza carroñera, utilizan sus certeros ojos en búsqueda de cualquier cadáver. Lejos de descender su vuelo de forma inmediata cuando vislumbran a la víctima, los cóndores se limitan a volar sobre la misma uno o dos días hasta que finalmente la devoran con su férreo pico, capaz de desgarrar tejidos y de ingerir hasta 5 kg de carne en un día. Es, además, una de las aves más longevas, pudiendo alcanzar la edad de 50 años.
El 22 de diciembre de 1992, un grupo de familiares de desaparecidos y víctimas de la dictadura paraguaya de Alfredo Stroessner encabezados por Martín Almada, pedagogo y abogado, y el juez Agustín Fernández, llegó ante una sede policial del suburbio de Lambaré, en Asunción, capital de Paraguay, y en nombre de la justicia ingresaron al lugar. Su objetivo era el de registrar los archivos policiales relacionados con Martín Almada, pero en su lugar encontraron una serie de documentos bien distintos, conocidos como el “Archivo del Horror”. Con lo que toparon es con una red de cooperación, que se remonta a la década de los setenta, entre los países del Cono Sur de América con el objetivo último de intercambiar información e inteligencia entre los países miembros para así intensificar la represión de cualquier elemento subversivo. Por supuesto, con la estrecha colaboración del gobierno de EE.UU, que, en su ambición por hacer de su política exterior post-Segunda Guerra Mundial una extensión del salvaje anticomunismo norteamericano, puso sus zarpas allí donde cualquier atisbo reaccionario debiese ser aniquilado, aunque no tuvieran ni idea de en qué país interferían, como documentes de la CIA nos han ayudado a entender. (Los casos en países africanos seguramente sean los más flagrantes). Es decir, la Operación Cóndor se contextualiza en aquello que los historiadores llamamos la Guerra Fría, ese concepto abstracto y universal difícil de definir, tanto semántica como geográficamente, pero que podemos englobar como la bipolarización del mundo entre el bloque capitalista y el bloque comunista en la segunda mitad del siglo XX.
Como el cóndor, los gobiernos implicados en esta operación inspeccionaron el territorio sudamericano en busca de aquellos residuos rebeldes a los que poder convertir, a continuación, en fiambres.

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Ilustración de la Operación Cóndor

Cuando mencionamos la Operación Cóndor, rememoramos la funesta Argentina de Jorge Rafael Videla y sus colegas de “El Proceso” -capaces de organizar uno de los eventos deportivos más penosos y que más literatura política ha tenido posteriormente-; la muerte de Salvador Allende y el posterior ascenso del comandante en jefe del Ejército de Chile Augusto Pinochet –hay que señalar que Chile fue el principal impulsor de la Operación Cóndor-; los veinte años de dictadura militar de Brasil, de los que la actual presidenta de Brasil Dilma Rousseff puede decir que fue una damnificada, siendo torturada durante tres años; y, la “gran cárcel” en la que se convirtió la Uruguay de Juan María Bordaberry, diminuto país que se vio acosado por la fuerza de dos potencias como Argentina y Brasil. Llegamos en este punto al quinto país por excelencia miembro de este plan de colaboración, el Paraguay de Alfredo Stroessner.
Pese a que posiblemente su nombre no nos resulte del todo familiar, Stroessner fue, entre todos los dictadores del Cono Sur, el que mayor tiempo pudo perdurar en el poder. Si anteriormente afirmábamos que el cóndor puede llegar a vivir hasta los 50 años, la dictadura paraguaya se extendió hasta la no desdeñable cifra de 35 años, concretamente desde 1954 a 1989. Nos cuestionamos, por consiguiente, ¿porque la dictadura stronista es un hecho tan alejado de nuestros conocimientos, cuándo fue la más longeva de las dictaduras acontecidas en Sudamérica en el siglo XX? Paraguay es un país olvidado y desconocido, ensombrecido por sus vecinos Argentina, Brasil, Uruguay y Chile, todos ellos con recursos minerales y económicos superiores que atraen un capital foráneo que se ve limitado en Paraguay, por lo que el peso internacional del país guaraní se ve mermado. A ello debemos de sumar que las cifras de muertes y desparecidos en la dictadura de Paraguay resultan sensiblemente menores que en los otros países de la Operación Cóndor, por lo que el impacto internacional que pudiese tener el gobierno de Stroessner se vio frenado por una apariencia de país políticamente saludable, en el cual no se cometían crímenes contra la humanidad.
Así pues, los 70 muertos y desaparecidos oficiales de Paraguay se mantienen alejados de los 8961 de Argentina, los 3197 de Chile, los 352 de Brasil y los 288 de Uruguay. Hablamos, aclaro, de cifras oficiales. En el caso que nos ocupa, Paraguay, las estimaciones extraoficiales señalan que entre 1000 y 2000 opositores políticos fueron eliminados. Además, aproximadamente un millón de paraguayos se encontraban exiliados en Argentina, Brasil y Urugay en 1972. Teniendo en cuenta que la población del país era de dos millones y medio de habitantes en dicho año, la cifra es sumamente reveladora. Pese a ello, no solo nos basaremos en los números para valorar al régimen stronista. Tal y como afirma el periodista brasileño Nilson Cezar Mariano, en Paraguay “la masacre fue más selectiva porque los militares invariablemente consiguieron abortar las insurrecciones. Impidiendo la formación de grupos de oposición al régimen, evitaron el surgimiento de enemigos numerosos.” Las fuerzas militares paraguayas se concentraban, pues, en anular las pequeñas revueltas que se pudiesen dar ante la inexistencia de un enemigo organizado, sobrepasado por una maquinaria represiva superior. Ello explica la inexistencia de crímenes colectivos y el reducido número de muertos y desaparecidos.

Los dictadores de Paraguay, Alfredo Stroessner, y de Argentina, Jorge Rafael Videla

Los dictadores de Paraguay, Alfredo Stroessner, y de Argentina, Jorge Rafael Videla

Guido Rodríguez Alcalá, abogado y narrador paraguayo, sostiene que, respecto a Pinchoet y Videla, Stroessner “posiblemente, es peor que ellos. Mató menos que otros dictadores tan perversos como él. Sin embargo, y esto sí, fue increíblemente ladrón: la suma de sus negociados y los de su familia superan toda imaginación.” Esta afirmación parece refrendarse en el hecho de que, con tal de conseguir poder y dinero, el dictador guaraní institucionalizó el narcotráfico, el contrabando y el robo de automóviles, incluso llegó a comentar que la corrupción generalizada era “el precio de la paz”, una afirmación que no debería pasar desaparecida actualmente. Todo valía en el país sudamericano con tal de que Alfredo Stroessner y sus esbirros se mantuvieran en el poder. Pero, evidentemente, no solo a partir de una fuerza militar eficiente y de una corrupción estatal se sostenía el régimen guaraní; encontramos, aquí, un hecho que distingue Paraguay de las demás dictaduras sudamericanas.
Si en Uruguay se optaba por los encarcelamientos prolongados, en Argentina por el exterminio en masa y el ocultamiento de cadáveres, y en Chile por los fusilamientos colectivos, Paraguay se inclinó hacia los métodos de los alemanes nazis: patentaron los campos de concentración. Tal y como sucede con el cóndor, Alfredo Stroessner no despedazó a sus víctimas directamente, sino que escogió un método, los campos de concentración, en el que inhabilitarlas. En ellos, se llevaba a cabo el manual de tortura paraguayo, pionero en las dictaduras del Cono Sur, y basado en las exigencias de Héctor Rosendi, mercenario argentino y aprendiz de la Gestapo. Es aquí donde debemos contextualizar las declaraciones que hemos recogido en el inicio del artículo de Luis Kallsen, presidente del Club Liberal Alón y contrario al régimen stonista, torturado, precisamente, por Rosendi. Como él, los presos políticos paraguayos fueron deportados a los campos de concentración, donde serían expuestos a un martirio de tradición nazi. Sí, en Paraguay. Como recoge Nilson Cezar Mariano, algunos de los mandamientos que se desarrollaron en los campos de concentración eran la reclusión en prisiones durante largas semanas expuestos a la oscuridad o a intensas luces, la opresión de testículos, la utilización de objetos punzantes la sumersión de la cabeza o todo el cuerpo en agua mugrienta y la aplicación de electricidad en los órganos internos de las víctimas, entre otras prácticas inmundas.
Como habrán podido imaginar por su apellido, Alfredo Stroessner era de origen alemán. Su padre, Hugo Stroessner, era un inmigrante alemán natural de Hof, Baviera, llegado a Paraguay hacia 1895. Evidentemente, ello no explica de por sí que el dictador paraguayo copiara métodos nazis de tortura, pero no deja de ser llamativo, pues la filogermanía del dictador no parece que acabe aquí. Josef Mengele, el “Ángel de la Muerte”, médico de las SS en Auschwitz -aquel capaz de experimentar con bebés para crear siameses-, tras huir primero a Argentina, acabaría recalando en Paraguay en 1959, donde estaría un año. Como él, otros nazis también encontrarían techo en la dictadura guaraní de Stroessner. La dictadura más longeva de la Operación Cóndor que permanece olvidada en la Historia. El vuelo cóndor de un dictador que hizo de Paraguay un campo de concentración.

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Albania, la pervivencia estalinista

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Enver Hoxha. Máximo dirigente de la Albania comunista

El Congo es más civilizado que Albania. Es una colonia de salvajes, un pueblo sin alfabeto, en el corazón de Europa. En todos sus pueblos se alzan casas parecidas a fortificaciones. Son el reducto de los ricos para defenderse cuando los vecinos se reúnen para agredirles. Las casas no tienen ventanas, solo pequeñas aberturas para el fusil. No es la edad media, es la edad antigua” Albert Londres, escritor y periodista francés de finales del siglo XIX y principios del siglo XX

En 1991, Albania tenía un PNB por habitante que se situaba en torno al puesto 150 mundial; en otras palabras, un país al nivel de Yemen, Costa de Marfil, Mongolia o Zambia. En cuanto a la mortalidad infantil, indicador clásico de desarrollo socioeconómico, Albania, con un 44% se mantenía a una considerable distancia de la media europea, el 11%.

En este año 1991, Albania se despide de un gobierno con el que había convivido durante cuarenta y siete años, desde la etapa final de la Segunda Guerra Mundial. De un régimen que restringía cualquier actividad económica por pequeña que sea, en el cual no se podía comerciar ni pedir limosna. Un régimen que prohibía la caza y la pesca, así como el tener posesión de un arma de fuego, hecho habitual en los albaneses antes de 1945. También, por pura coherencia, se penalizaba el uso de instrumentos de pesca. Un régimen que denegaba la existencia de coches privados, y, peor aún, de una barca personal, pues podía ser interpretado por el Estado como un intento de huida hacia el extranjero. Muy habitual en los últimos años, especialmente a la cercana Italia. Un régimen bajo el cual no se podía poseer un pollo o una cabra, excepto cuando una familia tenía el décimo hijo, acontecimiento que el Estado recompensaba con el regalo de un animal, generalmente una vaca. Toda una delicadeza. Un régimen que reprimía cualquier práctica religiosa; eran fundamentalistas ateos. Por último, un régimen que atacaba todo aquel osado con cabellos largos, barba, gafas de sol, minifalda. Cualquier moda occidental.

Hacemos referencia al régimen comunista de uno de los mayores déspotas del siglo XX, Enver Hoxha, el autoproclamado “último sostenedor del auténtico marxismo-leninismo”. No se equivocaba, como veremos.

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Albania, conocido como el país de las águilas. El águila bicéfala hace referencia a un símbolo Gjergj Kastriot Skanderbeg, héroe nacional, del siglo XV

Albania, el país de las águilas, históricamente una de las naciones más pobres y recónditas de Europa, la percibimos desde nuestra imagen occidental como un pequeño rincón de Europa (de hecho, su extensión es similar a la de Galicia) abandonado y desamparado. Aunque, en definitiva, nos resulta un país totalmente irreconocible. Irreconocible es también su lengua, ni eslava ni griega, cuya antigüedad solo es comparable a la del euskera, así como su origen étnico incierto; los albanases, por otra parte, dicen ser descendientes directos de los ilirios, pueblo indoeuropeo procedente de los Balcanes. Dada su situación geopolítica, en la península balcánica, con acceso al mar Adriático y Jónico, y su riqueza energética y mineral (petróleo, gas natural, níquel, cromo), el territorio albanés fue ocupado por el imperio otomano durante cinco siglos, motivo por el cual grupos de albaneses se convirtieron del cristianismo al islam. Actualmente, el 58% de la población se declara musulmán, mientras que el 17% es cristiano. No solo la religión divide a la sociedad albanesa; también la contraposición norte (gegs) y sur (tosks). Mientras que el norte mantiene una estructura tradicional basada en clanes y tribus, el sud es una sociedad más progresista e influenciable por el mundo exterior. Todo ello hace de los albanases un pueblo singular en los Balcanes.

Para comprender la Albania comunista de Enver Hoxha es necesario rememorar la historia de los albaneses, donde la subyugación a fuerzas externas ha sido una constante. A los otomanos tenemos que sumar, en el siglo XX –una vez constituido el Estado albanés-, el interés de yugoslavos, griegos, italianos y, finalmente, alemanes, en ocupar las tierras albanesas. Ello explica el espíritu -¿estereotipado?- belicoso del pueblo albanés y su consciencia de pueblo constantemente amenazado, aunque tenemos que añadir un factor sustancial para comprenderlo en su totalidad. Albania, al igual que los demás pueblos balcánicos, reivindica un espacio soberano más extenso étnicamente homogéneo: la Gran Albania. Esto es, partes de Grecia, República de Macedonia, Montenegro, Serbia (el valle de Preševo) y, por supuesto, Kosovo, donde el 92% son albaneses.

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Mapa de la Gran Albania, reclamo del nacionalismo albanés. Bajo la ocupación italiana de Mussolini, entre 1939 y 1943, fue la única vez en la que se logró unificar estos territorios

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Stefan Mitrovic, jugador serbio, alcanzando una bandera de la Gran Albania en un partido disputado en Belgrado entre Serbia y Albania

En 1944, los partisanos comunistas liderados por Hoxha tomarían el control de Tirana, capital de Albania; un país, al finalizar la Segunda Guerra Mundial, eminentemente rural y analfabeto. Nacería un Estado comunista que, debido a su historia sumisa y a su realidad mísera, protagonizaría un peculiar sistema de alianzas y una evolución política hacia el hermetismo que merece un análisis.

Yugoslavia, situada al norte de Albania, también había vencido a las fuerzas externas gracias a los partisanos comunistas yugoslavos dirigidos por Josip Broz Tito. La decisiva ayuda que éstos ofrecieron a sus camaradas albaneses sirvió de pretexto para que la recién creada República Popular de Albania se constituyera como un país satélite de Yugoslavia. Ambos países compartían un sistema monetario y una unión aduanera; incluso, se empezó a estudiar serbo-croata en las escuelas albanesas. Rápidamente, dentro del recién organizado Partido del Trabajo de Albania surgieron las primeras diferencias entorno a las pretensiones reales del vecino norteño. Altos cargos del partido veían con buenos ojos la progresiva influencia yugoslava, llegando a contemplar la anexión a ésta como una séptima república, objetivo que Tito estimulaba. Por otra parte, el otro bando, liderado por Enver Hoxha, era contrario a esta posible unión, recalcando que el propósito de Yugoslavia con Albania era el de su aprovechamiento económico.

El liderazgo de Hoxha era discutido ante el despliegue político de la facción pro-yugoslava, pero en 1948 tuvo lugar un acontecimiento que significaría su salvación: Yugoslavia fue expulsada de la Kominform dadas las desavenencias entre Stalin y Tito, el cual quería formar una Federación Balcánica independiente a la que el líder soviético se oponía. Enver Hoxha se halló con el suficiente apoyo político, en este caso soviético, para anular los acuerdos económicos bilaterales con Belgrado y poner en marcha una campaña anti-yugoslava con la finalidad de transformar a Iósif Stalin en un héroe nacional albanés, a Hoxha en un guerrero contra la agresión extranjera y a Tito en un monstruo imperialista.

Enver Hoxha se presenta ante las imágenes del doble de sí mismo y Stalin. Para no ser devorados por la Yugoslavia de Tito, Albania siguió el camino soviético-estalinista.

Enver Hoxha se presenta ante las imágenes del doble de sí mismo y Stalin. Para no ser devorados por la Yugoslavia de Tito, Albania siguió el camino soviético-estalinista.

Pero en marzo de 1953 la coyuntura volvería a dar un giro tras la muerte de Stalin, a los 73 años de edad, al perder Enver Hoxha a su emblema político. El sucesor soviético, Nikita Kruschev, no calmaría la ansiedad del líder albanés. En primer lugar, porque Kruschev creyó oportuno reconducir las relaciones entre Moscú y Belgrado. En segundo lugar, porque el nuevo líder soviético, en su intento por acabar con todo resquicio posible de estalinismo, insistió en los “diferentes caminos hacia el socialismo”, así como en la “política de coexistencia pacífica”, a la vez que acusaba a Stalin de una “crueldad arbitraria”. Para Hoxha, todo ello significaba una amenaza para la seguridad de su Estado, por lo que el deterioro del vínculo entre Tirana y Moscú fue agravándose, pese a los esfuerzos de Kruschev de mantener a su –aún- aliado. Si Yugoslavia y la URSS no podían ser socios de Albania, ¿qué país podía serlo? Evidentemente, debería de tratarse de un país marcadamente estalinista. Lo encontrarían en el extremo oriente.

Tras la muerte de Stalin, la crisis entre la URSS y la China comunista de Mao Zédong se hizo patente. Mao, adepto de Stalin pese a su diferente interpretación del marxismo, no podía tolerar la desestalinización y el revisionismo marxista que se estaba produciendo en la URSS; Kruschev, por su parte, criticó la eficacia del Gran Salto Adelante chino. En 1960, cuando este enfrentamiento se hizo manifiestamente público, Enver Hoxha vio el momento oportuno de cambiar nuevamente de aliado apoyando al régimen de Pekín, lo que significó la cancelación de cualquier acuerdo por parte de Moscú. Para China, Albania era su única voz en la Europa oriental y, de mayor importancia aúnn, en la ONU, por lo que le interesaba establecer esta coalición.

Si siendo un Estado europeo tu aliado más próximo, y en definitiva único, se encuentra a una distancia de más de 7.000 kilómetros, suponemos que te conviertes en el país de Europa más insólito y excepcional.

Si siendo un Estado europeo tu aliado más próximo, y en definitiva único, se encuentra a una distancia de más de 7.000 kilómetros, suponemos que te conviertes en el país de Europa más insólito y excepcional.

Pese al inicial entusiasmo albanés tras su acuerdo con una potencia mundial estalinista, los créditos de China ascendieron sólo a una quinta parte de los créditos soviéticos anteriores, por lo que el impacto causado por la ruptura con Moscú en las finanzas de Albania fue severo, lo que obligó al gobierno a adoptar una política de estricta austeridad. Cosas de la Historia, la barrera del idioma obligó a los técnicos chinos y albaneses a comunicarse en ruso, en el idioma del país del que se habían disociado. Finalmente, en 1970 las relaciones sino-albanesas se estancaron, y vieron su fin en 1978 tras una década de distanciamiento. Esta vez el motivo último fue el progresivo acercamiento entre China y EEUU, promovido por Mao como contrapeso útil ante la amenaza soviética. Enver Hoxha no podía consentir esta apertura hacia un país imperalista. Así pues, a partir de 1978, la República Popular de Albania se convertiría en un Estado aislado internacionalmente, pese a los intentos fracasados de expandir sus lazos diplomáticos con otras naciones de la Europa Occidental y con países no alineados del Tercer Mundo.

Imposible mencionar un caso de reclusión político y, por consiguiente, de máxima autosuficiencia, como el que implantó Albania en la década de los 80 parecido en Europa. Solo se nos ocurre uno comparable en el mundo: en la Corea del Norte presente. Entre 1978 y 1991, año en que tienen lugar las primeras elecciones multipartidistas de la historia de Albania, la situación social y económica es la que hemos intentado mostrar en los dos primeros párrafos del artículo: de rezagamiento y escasez. Enver Hoxha, que murió en 1985 –siendo su sustituto Ramiz Alia entre 1985 y 1991-, fue víctima de su preocupación por la soberanía nacional, siendo el hecho de querer mantener su autoridad el factor clave para determinar la política exterior de Albania. La ansiedad, inquietud y recelo del líder albanés, pues, está auto-justificada por la amenaza potencial de sus vecinos depredadores; Albania, se convirtió, así, en el estandarte estalinista que recelaba de los imperialista del Oeste y de los revisionistas del Este. Como decíamos anteriormente, él es heredero de una historia sumisa y una realidad mísera.

Miles de manifestantes derriban en Tirana la estatua de bronce de Enver Hoxha en la plaza Skanderberg en 1991

Miles de manifestantes derriban en Tirana la estatua de bronce de Enver Hoxha en la plaza Skanderberg en 1991

Finalizaremos con la imagen icónica que explica el aislamiento internacional de la Albania comunista a partir de 1978: los bunkers. Entre 1973 y 1982, Enver Hoxha ordenó la construcción de unas 600.000 aproximadamente de estas pequeñas construcciones con el objetivo de proteger a la población civil ante los posibles ataques extranjeros. La paranoia hecha arquitectura. El legado de una época hermética. La pervivencia estalinista.

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Nunca nos cogerán dormido, nunca nos faltará vigilancia, que todo el mundo entienda claramente que las paredes de nuestra fortaleza son de roca de granito inquebrantable” Enver Hoxha

Leopoldo II, el fraude del Congo (y II)

Mapa que sitúa el Estado Libre del Congo en 1890.

El poblado que se negaba a proporcionar caucho solía ser arrasado por entero. Siendo joven via Mobili, un soldado que vigilaba el pueblo de Boyeka, traer una gran red, meter en ella a diez nativos detenidos, atar unas grandes piedras a la red y ordenar que la arrojaran al río […]. La causa de aquellos tormentos era el caucho; ésa es la razón de que no queramos ni oír su nombre. Los soldados obligaban a los jóvenes a violar a sus propias madres y hermanas” Relato de un sacerdote católico citando a un hombre, Tswambe, que hablaba de Léon Fiévez, funcionario estatal, y su ejército, que aterrorizaron, como señala el relato, la localidad de Boyeka.

En 1887, el veterinario escocés John Dunlop desarrolló el primer neumático con cámara de aire mientras trataba de reparar el triciclo de su hijo. A partir de aquí se constituyó una industria, la del neumático, que permitió el auge de la bicicleta y del automóvil como ejes centrales de la expansión del transporte terrestre a finales del siglo XIX. El caucho, como elemento básico de esta industria –además de ser esencial para mangueras y tubos de goma, así como para el aislamiento de teléfonos y telégrafos-, pasaría a ser el oro blanco para Europa. La gran demanda europea de caucho que comenzó en 1890 sería vista con muy buenos ojos por Leopoldo II, pues su colonia del Congo, cuyo territorio está comprendido por una vastísima selva ecuatorial, abarcaba una gran cantidad de caucho silvestre.

Hasta 1890, el llamado Estado Libre del Congo de Leopoldo II –recordemos, obtuvo su reconocimiento internacional en 1885- no había sido una propiedad lo suficientemente lucrativa como el rey belga habría deseado. En estos cinco años, la obsesión del rey fue, de hecho, la de buscar dinero para financiar su “empresa filantrópica”, llegando a pedir préstamos al Parlamento belga del que tanto renegaba, pues limitaba su poder en el pequeño país europeo. En cuanto a la exportación de los recursos del Congo primaba, por encima de todos, el negocio del marfil – es decir, los dientes de los elefantes-, el cual era el comercio más rentable. Para gestionar los recursos congoleños, Leopoldo II dispuso de un entramado de funcionarios estatales que tenían la función de adueñarse prácticamente de todo, desde el beneficioso marfil hasta de las cosechas locales. En este punto es donde podemos observar, sin discusión alguna, que el objetivo último de Leopoldo II en el centro de África era económico, y no humanitario como defendió largamente el rey. Demostró, pues, su verdadera naturaleza e intencionalidad.

En este punto cobra especial relevancia, junto al cargo de los funcionarios, la figura de los porteadores; hombres, mujeres y niños autóctonos que transportaban tanto municiones como víveres acompañando a los funcionarios estatales durante sus adquisiciones cuando debían adentrarse en la selva y no podían hacer uso del sistema fluvial. Como podemos imaginar, en los porteadores, que eran reclutados forzadamente en los pueblos, el número de muertos era especialmente alto cuanto tenían que transportar grandes cargas a largas distancias. Para precaver su espantada, los porteadores eran encadenados, con lo cual es fácil esbozar cuáles eran sus condiciones y la consideración que tenían los europeos de ellos; la de simples animales, seres infrahumanos. Por otra parte, condición indispensable para que el sistema funcionara, para que la deshumanización de la población autóctona resultase cuotidiana para los funcionaros europeos. Para insensibilizar más aún a los porteadores, se hacía uso, entre otros procedimientos como el ahorcamiento, de la chicotte, látigo de piel de hipopótamo sin curtir y de cortes afilados, la cual se aplicaba a las nalgas de aquellos que desistían de realizar lo que les era ordenado. La crueldad de la que haría gala el Estado Libre del Congo décadas después empezaba a mostrar sus signos más implacables.

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Ejemplo del uso de la chicotte. Se obligaba a un africano a que le aplicase el castigo a su semejante.

Llegamos aquí al auge del caucho, que, como hemos comentado al inicio, significó para Leopoldo II un incremento sustancioso del potencial económico de su colonia al comprobar la cotización de dicho producto. Existe un dato que explica, en parte, la ferocidad del rey para recaudar el máximo de caucho lo antes posible, esto es, a partir de 1890. El Congo disponía de grandes reservar de caucho silvestre, pero ya en América Latina y Asia se empezaron a plantar plantaciones de árboles del caucho. Hasta que éstas maduraran en unas dos décadas, Leopoldo debería asegurarse el máximo de caucho posible antes de que el precio cayera por las fuertes competencias. Para la recogida del caucho, que procede de la savia de los árboles, no podían ejercer de la misma manera que con los porteadores, véase encadenamientos o la chicotte, pues los hombres debían dispersarse por la selva y trepar por los árboles. ¿Cómo podían, pues, los funcionarios obligar a la población autóctona para la recogida del deseado caucho? Como informó el vicecónsul británico en 1899,

El método consistía en llegar en canoa a un pueblo, cuyos habitantes escapaban siempre corriendo a su llegada; los soldados desembarcaban e iniciaban un saqueo; a continuación atacaban a los nativos hasta apoderarse de sus mujeres, que mantenían como rehenes a la espera de que el jefe del distrito aportara el número de kilogramos de caucho exigidos”

¿No parece un mal procedimiento para obligar a la población local a enriquecer a Leopoldo II, verdad? Hemos de añadir, además, que Leopoldo II contaba con un ejército para su Estado. Éste se hacía llamar la Force Publique. Con diecinueve mil hombres, se convirtió en el ejército más poderoso de África central. Básicamente, su cometido era el de apaciguar las continuas revueltas que se daban entre las tribus más rebeldes, haciendo valer principalmente su mayor potencia de fuego. Cabe señalar que, si bien los altos mandos eran europeos, los soldados sin graduación eran negros, los cuales, dado que su tratamiento no difería al que le correspondía por su “raza” según sus superiores europeos, organizaron múltiples motines. Pese a todo, las Force Publique procuraron que las poblaciones obligadas a recaudar caucho cumplían su cometido taxativamente.

Mención aparte merece una práctica que fue extendiéndose por el Congo, a la vez que la sangría por la cosecha del caucho se ampliaba por las tribus autóctonas, y que acabaría por convertirse en una costumbre icónica del terror del Estado Libre del Congo: la amputación de manos. Al igual que la toma de rehenes, la amputación era una medida deliberada para los pueblos que se negaban a someterse al régimen del caucho. También se utilizaba la amputación como prueba de que esa persona había fallecido, con los errores que ello puede conllevar; se cortaban manos a personas vivas que se creían muertas. Con todo ello, resulta comprensible, tal y como recoge el relato del inicio del artículo, rememorar el temor que podían sentir las tribus congoleñas ante el simple nombre de caucho, pues era sinónimo de atrocidad y horror.

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Amputación de manos en el Estado Libre del Congo.

Alcanzado este punto, teniendo presente el régimen esclavista que el rey belga articuló para su propio beneficio económico y en detrimento de una población local alterada y diezmada, nos preguntamos, ¿no se alzaron voces críticas ante semejante aberración humanitaria? Sin desmerecer la actividad de William Sheppard -misionero presbiteriano que se convirtió en el primer afroamericano en llegar al Congo, donde publicó las atrocidades cometidas principalmente por la Force Publique contra la tribu kuba-, y de Joseph Conrad -novelista polaco autor de “El corazón de las tinieblas”, obra inspirada en los seis meses que pasó en el Congo, y que pasa por ser una crítica punzante del sistema ideado por Leopoldo II-, debemos ensalzar la labor de Edmund Morel, periodista británico, y Roger Casement, diplomático británico nacido en Irlanda.

Edmund Morel. Escritor incansable por su denuncia, aunque nunca criticara la empresa colonial de su país.

Edmund Morel. Escritor incansable por su denuncia, aunque nunca criticara la empresa colonial de su país.

Ambas personalidades -cuya vida y hazañas darían, sin duda, para un artículo- contribuyeron decisivamente en la denuncia de los desmanes de Leopoldo II en territorio congoleño. Edmund Morel desde sus numerosas publicaciones periodísticas y Roger Casement como embajador británico en el Congo a inicios del siglo XX, se revelaron como dos exponentes cruciales para la acusación del Estado Libre del Congo como régimen esclavista e inmoral. La amistad entre ambos originó la llamada Asociación para la Reforma del Congo, la cual propició la creación de una opinión pública internacional negativa respecto a Leopoldo II, motivo crucial para su final renuncia al Congo, su colonia por la que tanto empeño mostró, finalmente vendida a Bélgica en 1908 a cambio de que el gobierno belga se hiciese cargo de la deuda del Estado Libre del Congo, además de 45 millones de francos para proyectos constructivos que tenía en mente el rey belga.

Roger Casement. Destacó al final de su vida por un posicionamiento a favor de la independencia de Irlanda.

Roger Casement. Destacó al final de su vida por un posicionamiento a favor de la independencia de Irlanda.

Así pues, después de veintitrés años, el sistema colonial de Leopoldo vio su final. Antes de entrar en valoraciones finales, me gustaría compartir una reflexión que también refleja Adam Hochschild en su magnífica obra “El fantasma del rey Leopoldo”; ¿por qué estalló, principalmente en Inglaterra y en Estados Unidos, una protesta –justificada- contra el Congo, obviando y silenciando las atrocidades también cometidas por otras potencias como Alemania, Inglaterra o Francia? La respuesta ésta, esencialmente, en que Bélgica era un objetivo fácil al no ser una potencia europea y, mucho menos, mundial. Fueron asesinos, sí, pero igual que lo pudieron ser los alemanes, los franceses, los ingleses, los portugueses, los españoles o los italianos. Basta recordar al general alemán Von Trotha, quien condujo al genocidio del pueblo herero y namaqua. Entre muchísimos ejemplos que encontramos, con mayor o menor visibilidad, en la cruenta historia africana colonialista.

Debemos hablar, por último, de las cifras de mortandad que se dieron en el régimen de Leopoldo II, para así valorar, como comentábamos al inicio del primer artículo, si el rey belga puede ser considerado un genocida a la altura de nombres como Adolf Hitler, Iósif Stalin o Mao Zédong. Tal y como coinciden los principales investigadores, la población congoleña, en estas más de dos décadas bajo dominio personal del rey belga, se vio reducida hasta la mitad. Si tenemos en cuenta que el primer censo en el Congo fue realizado en 1924 y que la población se calculó en diez millones, podemos establecer que la población inicial congoleña en 1885 era de veinte millones. Con todos los riesgos y dificultades que todo ello supone, concluimos que la población se redujo en diez millones de personas durante el periodo de Leopoldo II.

Lejos de comparar estas cifras con las de los dictadores arriba mencionados, lo cual me parece, desde mi punto de vista, profundamente vil, podemos afirmar que Leopoldo cometió un genocidio en el Congo. Pero, ¿qué es un genocidio? Recogiendo la definición de los sociólogos Fran Chalk y Kurt Jonassohn, “el genocidio es un tipo de masacre de masa unilateral con la que un Estado u otra autoridad tiene la intención de destruir a un grupo al que el mismo perpetrador ha definido.”, sostenemos que Leopoldo II, el fraude del Congo, fue el ideólogo de un genocidio hacia el pueblo congoleño. Sí, merece ser considerado uno de los genocidas más despiadados de la época contemporánea.

“La capacidad de Leopold para administrar el gobierno de Congo junto con su don para la autopromoción y el disimulo, mantuvo el conocimiento de lo que estaba ocurriendo allí al mínimo. Inevitablemente, la verdad se filtró como se supo a través de los informes de misioneros y similares: los nativos estaban siendo explotados voluntariamente y tratados brutalmente en interés de acumular ingresos para el rey y sus agentes.” Roger Casement

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Leopoldo II, el fraude del Congo (I)

Propongamos un ejercicio mental. Imagínense que es el dueño exclusivo de una propiedad privada que comprende un territorio de más de dos millones de kilómetros cuadrados. Es decir, lo que vendría a ser España, Portugal, Francia, Reino Unido, Bélgica, Países Bajos, Alemania e Italia juntas. Esta vasta superficie, por caprichos de la naturaleza, está articulada por un río que, junto a su tejido de afluentes, conforman una red de transporte disponible y transitable. Por último, posee una riqueza mineral excepcional, destacando el diamante, el oro, la plata, el cobalto y el cobre, así como recursos naturales abundantes como el marfil y el caucho. Nos podrá parecer, a simple vista, que ser el propietario de semejante territorio es una excelente oportunidad para emprender un negocio ineludiblemente próspero ¿verdad? Finalicemos el ejercicio y volvamos a la realidad; Leopoldo II, rey de los belgas, logro poseer semejante propiedad en sus manos. “Su” territorio, el Congo. ¿Cómo alcanzó tal proeza?

Leopoldo II Belgica

Leopoldo II

Posiblemente Leopoldo II no sea el primer nombre que recordemos cuando repasamos los grandes genocidas del mundo contemporáneo. Lejos queda, pues, de aquellos más reconocibles; Adolf Hitler, Iósif Stalin o Mao Zédong. Como veremos a lo largo del artículo, Leopoldo II merece integrarse en semejante grupo, y sólo la amnesia histórica en torno a él le ha privado de ello.

Leopoldo II nació en Bruselas en 1835, hijo de Leopoldo I de Bélgica, el primer rey de los belgas. Bélgica, nacida en 1830, era –y continua siendo- un pequeño país de 30.000 kilómetros cuadrados, que, tras ser dominada indistintamente por franceses, españoles y austriacos, obtuvo su independencia de los Países Bajos, constituyéndose una monarquía parlamentaria bajo el reinado de Leopoldo I, un príncipe sajón. Para el joven heredero Leopoldo, la perspectiva de heredar un territorio tan diminuto era descorazonadora. De hecho, llegó a expresar la frase “Petit pays, petit gens”. Ello, unido a su pronto interés por la geografía, motivó en él la búsqueda en todo el globo terrestre de una posibilidad imperial para Bélgica. Ante la dificultad de hallar una región exenta de la influencia de alguna de las potencias europeas, el heredero al trono belga intentó, sin éxito, la compra de las islas Filipinas -a los españoles-, las islas Fidji o la isla de Formosa, así como pretendió iniciar negocios en Brasil y en el Canal de Suez.

Con su ascenso al trono en 1865, su interés colonial y, no lo olvidemos, económico, aumentó. Ante la negativa de las potencias europeas por venderle algún territorio en América o Asia, Leopoldo II centró sus vistas en África, aquel extenso continente prácticamente desconocido, donde solo las costas habían sido examinadas por embarcaciones europeas –recordemos la trata de esclavos iniciada en el siglo XVI-. Así pues, quedaba por explorar todo el África interior, por lo que Leopoldo mostró especial predilección por las continuas incursiones de los exploradores blancos en ese territorio totalmente ignorado. Es aquí cuando entra en escena un personaje esencial para el futuro colonial de Leopoldo II y Bélgica: Henry Morton Stanley.

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Henry Morton Stanley, rodeado de su séquito africano, a los que trataba de forma infame.

El explorador galés, posteriormente nacionalizado norteamericano, logró en 1977 cruzar África de este a oeste, es decir, de Zanzíbar a Boma, ciudad cercana a la desembocadura del río Congo, en el océano Atlántico. Stanley fue, pues, el primer explorador blanco en seguir el curso del río Congo y en poder cartografiarlo, así como de atravesar todo el África central entre los dos océanos. Este acontecimiento abrió para Leopoldo II la posibilidad de establecer a lo largo del río Congo una colonia, y así anticiparse a otras potencias coloniales que se interesasen por la zona tras la hazaña del explorador galés. Para ello, el rey belga tendría que contratar a Henry Morton Stanley. Dicho y hecho, el explorador acordó un contrato con el rey Leopoldo II, según el cual volvería al Congo e instauraría las primeras bases coloniales, a cambio, por supuesto, de un sueldo nada desdeñable, 25.000 francos al año. Pero no todo consistiría en erigir edificios en las orillas del río Congo para explorar el territorio ignoto y vislumbrar las oportunidades comerciales más suculentas; el rey belga necesitaba un reconocimiento internacional para establecer su colonia unipersonal de forma permanente.

La ambición colonial, económica y comercial de Leopoldo II era inversamente proporcional a su habilidad en las relaciones internacionales. Era consciente que, si quería que su nueva colonia fuese reconocida, tendría que conseguir la aprobación de un estado, y, a partir de aquí, le seguirían otros tantos. Sabedor de que en Europa las principales potencias también poseían intereses crecientes en África, hubo de buscar un aliado fuera, y éste lo encontró en Estados Unidos. En este punto tenemos que añadir una aptitud más de Leopoldo II, su astucia.

El rey de los belgas diseñó un plan humanitario-filantrópico bajo la plataforma de la Asociación Africana Internacional, cuyo presidente era él mismo, según el cual su objetivo en África era abrirla a la civilización, y, a la vez -para reforzar el barniz humanitario-, erradicar en ella el comercio de esclavos protagonizada por los traficantes árabes, que sometían a las poblaciones del interior de África. Así pues, apostaría por la reforma moral y el progreso social africanos, excluyendo cualquier beneficio económico. Sí, han leído bien. Esta actitud filantrópica entusiasmó a Estados Unidos –que, además, tres décadas antes habían creado el estado de Liberia con unas intenciones similares-, y reconocieron la propiedad privada del rey Leopoldo II y de su Asociación Africana Internacional en todo el territorio que aglutinaba el río Congo.

El siguiente paso para el definitivo reconocimiento de la Asociación Africana Internacional se maquinó en la Conferencia de Berlín, convocada entre noviembre de 1884 y febrero de 1885 con la intención de regular la evidente irrupción europea en tierras africanas. En lo que concierne a Leopoldo II, su colonia congolesa fue reconocida. La pregunta que surge es, ¿cómo pudo convencer a países como Francia, Alemania o el Reino Unido con los que mantenía una rivalidad colonial? Persuadiéndoles de que bajo su propiedad el nuevo estado sería una zona de libre comercio que sería provechoso para todas las potencias. Una vez finalizada la Conferencia, Leopoldo II adquirió, por fin, su ansiada colonia, a la cual denominó oficialmente “État Indépendent du Congo”.

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Configuración de África tras la repartición de la Conferencia de Berlín. No hubo ningún país africano invitado en dicha Conferencia.

Se abren, a continuación, diversas cuestionar a analizar: ¿cumplió Leopoldo II su función humanitaria y filantrópica en el Congo? ¿O, por el contrario, optó por beneficiarse económicamente gracias a los descomunales recursos que poseía su propiedad? Y, no menos interesante, ¿cómo recibió la población autóctona que habitaba en la región que abarcaba todo el río del Congo la llegada de un nuevo propietario europeo? ¿Se rebelaron ante este poder o lo aceptaron como un síntoma de progreso? Lo analizaremos en el siguiente artículo.

“(…) Los horrores de este estado de cosas, los miles de víctimas masacradas por el comercio de esclavos cada año, el número aún mayor de seres absolutamente inocentes que son brutalmente arrastrados a la cautividad y condenados de por vida a los trabajos forzados, han conmovido profundamente los sentimientos de todos los que, a todos los niveles, han estudiado con atención esta deplorable realidad; y han concebido la idea de asociarse, de cooperar, en una palabra, de fundar una asociación internacional para dar punto final a este tráfico odioso que es una desgracia para la edad en la que vivimos, (…)” Leopoldo II, Conferencia Geográfica de Bruselas, 1978.

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Reflexión sobre el África en la historiografía occidental

“Este continente es demasiado grande para describirlo. Es todo un océano, un planeta aparte, todo un cosmos heterogéneo y de una riqueza extraordinaria. Sólo por una convención reduccionista, por comodidad, decimos –África-. En la realidad, salvo por el nombre geográfico, África no existe.” Ryszard Kapuściński
África es un reducto olvidado de la historiografía europea. Ello se traduce en un limbo histórico que arrastra el continente africano hasta nuestros días. Así como, hace quinientos años, fuimos capaces de privarles de su libertad personal en una de las mayores desgracias de la humanidad, también nos adueñamos de su historia, transfigurando lo sucedido anteriormente en África en una nimiedad, en una insignificancia histórica. Hacemos referencia, por supuesto, a la trata de negros, instante en que Europa emprendió su interés por África, dando lugar al inicio de una relación que podemos tildar de, siendo lo más condescendientes posibles, decisiva para el continente africano.
Origen de un idilio, que, tras la captura de entre 10 y 15 millones de africanos, continuó con un proceso de colonización y de creación de fronteras donde no interesaba qué grupos sociales convivían y cuáles eran las organizaciones autóctonas, imponiéndose, por parte europea, ese término que reducía este sistema creado a una actitud humanitaria y, por supuesto, religiosa: civilización, como si supiésemos realmente que significa. La excepcional función social europea, unida imprescindiblemente a la necesaria evangelización de los “pueblos africanos primitivos”, se tradujo en un saqueamiento de los recursos naturales de África, en pos de una metrópoli europea, que, tras la independencia de las colonias americanas, se vieron huérfanas de un territorio al que expoliar para beneficio propio, llámese revolución industrial. Tras la 2ª Guerra Mundial, los vencedores estadounidenses y soviéticos se disfrazaron de salvadores de la patria africana, financiando a grupos anatagónicos –como no podía ser de otra manera- para la independencia de los países africanos, y dando lugar a un escenario bélico de la guerra fría en tierras africanas. Esta descolonización, no exenta, pues, de violencia, dio lugar a un nuevo proceso que irremediablemente conecta con la relación africano-europea durante los últimos quinientos años; el neocolonialismo. Y decimos que enlaza con un proceso histórico por el hecho de que en cada una de las etapas que hemos esbozado, existe una élite africana, que, deseosa de los placeres que ofrece Europa –ya sea comodidad, amansamiento de fortuna y/o armas (claves en el intercambio por esclavos durante la trata de negros)- ha subastado su continente, y por consiguiente a su población, a un agente externo que sigue beneficiándose de los recursos naturales que la divina naturaleza ha querido depositar en África, para agravio de los propios africanos.
Como señalábamos al principio, África es un vació historiográfico. ¿Y por qué sucede este fenómeno de olvido? Porque África, en Europa, es historiográficamente insignificante a nivel académico, ya sea escolar como universitario –exceptuando, obviamente, las escasas especializaciones en historia de África- y, significativamente en España. Resulta curioso que en nuestro país la historia de África sea un completo agujero negro, pues es el único país europeo con un marcado pasado –siete siglos- africano. Sí, Al-Ándalus. Por otro lado, interfiere la nula actividad española durante la colonización africana. Bastantes problemas teníamos ya con mantener nuestras posesiones de ultramar como para enzarzarnos en desconocidas tierras para enfrentarnos a potentes ejércitos europeos.
A raíz de lo comentado, podemos concluir que la historiografía académica occidental es sumamente incompleta, por lo cual nuestra imagen de África deriva de, tanto nuestra experiencia personal en relación al continente, como del máximo generador de opinión que existe en el primer mundo: los medios de comunicación. Creo que no es el lugar oportuno en el que describir la atención que recibe África en la radio, la televisión y los periódicos –entendiéndolo a nivel general, existen excelentes reportajes periodísticos que también merecen nuestra gratitud-. Basta con encender nuestro televisor a la hora del telediario para sacar nuestras propias conclusiones, y no sólo en cuánto a los minutos que recibe África, sino a la calidad de éstos, y a la información que se nos ofrece. ¿Qué posición ocupan en los medios conflictos actuales como los que azotan la República Centroafricana, Nigeria o el Sudán del sur?
Así pues, la imagen occidental de África sigue siendo aquella donde predominan la pobreza, el hambre y la enfermedad. Aquel continente caluroso, de gran exotismo y de salvajes animales–los documentales de la2 ayudan al respecto-. Aquel vasto territorio, cuna de la humanidad, donde conviven grupos tribales siempre enzarzados en absurdos conflictos; como si los europeos no tuviésemos ninguna incidencia en tales batallas tribales. Aquel lugar donde, en definitiva, los nativos, los propios africanos, son incapaces de gobernar, pues la corrupción y el continuo enriquecimiento de sus gobiernos así lo demuestran. Y todo bajo nuestra perspectiva. Bajo nuestra imagen de África.
“¿Qué ha pasado para que, más de medio siglo después de las independencias, África esté como está y no hayamos conseguido dignificar al africano? Creo que tenemos la obligación de reflexionar sobre estos problemas, y trasladar esas reflexiones al resto de la Humanidad para que los estereotipos que pesan sobre nosotros dejen de ser tópicos y se conozca la realidad.” Donato Ndongo-Bidyogo