Estado Novo

Fascismo y deporte: António Salazar

Selección italiana. 1934

El deporte, sinónimo de belleza, salud y fortaleza, ha tenido históricamente un vínculo muy estrecho con el fascismo. Como elemento revestido por los regímenes fascistas de unión social, de poderío racial y de grandeza nacional, el deporte ha permanecido a merced de este ente político. Conocidos son los casos de la Copa Mundial de Fútbol de 1934 celebrado en la Italia de Benito Mussolini, los Juegos Olímpicos de Berlín 1936 disputados en la Alemania nazi de Adolf Hitler o la Eurocopa de fútbol de 1964 en la España franquista, entre otros muchos ejemplos de utilización del deporte por parte del fascismo con la intención manifiesta de justificar su sistema político a nivel internacional. Resulta inaudito no encontrar, en cambio, ninguna referencia explícita entre el deporte portugués y el régimen de António de Oliveira de Salazar.

El Estado Novo de Portugal, el régimen fascista más extenso al prolongarse durante 48 años, estuvo encabezado entre 1932 y 1968 por António Salazar, profesor conservador de Economía de la Universidad de Coimbra que gracias a su éxito en el control del déficit presupuestario dentro de la dictadura militar de Portugal, logró imponerse dentro del gobierno y proclamar la Constitución de 1933, que cumplía la función de legitimar su dictadura. Existen evidentes diferencias entre el régimen de Salazar y el de sus homólogos italiano, alemán y español; el carácter desmovilizador del salazarismo, con la pretensión última de despolitización social, así como su naturaleza inmutable, alejada de la voluntad dinamista y enérgica de los regímenes fascistas, distancia al salazarismo de los fascismos arriba mencionados.

Pese a ello, comparte con ellos un líder mesiánico, un nacionalismo extremo, una voluntad imperialista, un antiliberalismo y un antisocialismo radicales y un mito de construcción nacional, por lo que consideramos el salazarismo un régimen que se enmarca dentro de los fascismos de primera mitad del siglo XX. En cualquier caso, es un debate actualmente abierto en la historiografía. Retornando al deporte, añadiremos una diferenciación más entre el Estado Novo y los demás regímenes fascistas: la no utilización política del deporte por parte de António Salazar para respaldar el Estado Novo a nivel internacional.

Francisco Franco nunca ocultó su admiración hacia António Salazar

Francisco Franco nunca ocultó su admiración hacia António Salazar

Tal y como afirma Ricardo Serrano, uno de los mayores especialistas en la historia del fútbol portugués, António Salazar no estaba interesado en el deporte, y, por consiguiente, en el fútbol, deporte predominante en el país luso desde la década de los años 20. Este hecho tampoco es de por sí revelador, pues Francisco Franco tampoco tuvo un interés real en el fútbol. Lo realmente elocuente es que Salazar no utilizara la popularización creciente del fútbol y, más concretamente, los éxitos benfiquistas y de la selección portuguesa, como sí hizo el caudillo español con los triunfos merengues y de la selección española en Europa para exportar una imagen del régimen franquista más positiva y favorable.

Si en España existe el sempiterno debate en torno a la relación de Francisco Franco con el Real Madrid, en Portugal existe una polémica similar; esta vez los protagonistas son António Salazar y el Sport Lisboa e Benfica. Al Benfica, auténtico dominador del fútbol portugués en la década de los sesenta y la primera mitad de los setenta, ganador por dos ocasiones de la Copa de Europa (1961, 1962) -así como subcampeón en tres ocasiones también en los sesenta-, se le ha atribuido una supuesta colaboración con el régimen salazarista. Evidentemente, esta acusación ha sido alimentada por sus competidores; en este caso, deberíamos nombrar al Sporting de Portugal y al FC Oporto.

Un hecho, tan controvertido como crucial, como fue la permanencia de Eusébio durante los años sesenta en el Benfica ha sido uno de los motivos esenciales para justificar la injerencia de António Salazar en favor del club capitalino. Eusébio da Silva Ferreira, la Pantera Negra, uno de los grandes futbolistas del siglo XX, nacido en la colonia portuguesa que actualmente recibe el nombre de Mozambique, fue el mentor del espléndido Benfica de los años sesenta, sin obviar a otros grandes jugadores encarnados como Mário Coluna o António Simões. Tanto en 1963 como en 1966 recibió ofertas de equipos italianos, y en ambas fechas prolongó su estancia en Lisboa, lo cual ha promovido una corriente de opinión que objeta que António Salazar prohibió al jugador mozambiqueño su salida del país luso, pues era considerado un patrimonio nacional.

Eusebio+05

Eusébio da Silva Ferreira. Balón de Oro al mejor jugador de Europa en 1965 y Bota de Oro al máximo goleador en 1966 y 1973

Otras informaciones de base más demostrativas, en cambio, señalan que la no-salida del jugador se debió a que Eusébio debía realizar, en 1963, los servicios militares, obligatorio en el Estado Novo, mientras que tres años más tarde fue la propia federación italiana la que desestimó el fichaje, argumentando que tras el bochornoso espectáculo de la selección italiana en el Mundial de Inglaterra de 1966 –con derrota por 1-0 ante Corea del Norte incluida-, debían potenciar las canteras del país transalpino. António Salazar, pues, no habría intervenido directamente para que Esuébio permaneciera en el país.

Por otra parte, insistiendo en esta última versión de lo sucedido respecto a Eusébio, el Benfica fue el club que tuvo más dirigentes opositores al Estado Novo, por lo que resultaría sorprendente que Salazar abogara por favorecerlos con la reclusión en sus filas del mejor jugador portugués y uno de los mejores del mundo. En este sentido, cabe recordar que el Benfica fue el único club con un presidente comunista, Manuel da Conceição Afonso, y que, por el contrario, fue el gran rival lisboeta, el Sporting de Portugal, el que tuvo más simpatías entre los dirigentes gubernamentales, probablemente por su origen elitista.

Rescatando de nuevo el Mundial de Inglaterra de 1966, resulta ciertamente llamativo el nulo aprovechamiento mediático del éxito portugués por parte del régimen salazarista. Portugal comparecía por primera vez en su historia a un Mundial con la triunfante base del equipo benfiquista, y, por supuesto, con Eusébio como jugador referencial. El resultado fue la mejor posición que la selección portuguesa ha conseguido jamás en este evento internacional, con un tercer puesto. Como curiosidad cabe destacar que en cuartos de final fueron capaces de remontar un 0-3 contra la sorprendente Corea del Norte, para después en semifinales ser derrotas por la futura campeona, la anfitriona Inglaterra. Eusébio, por otra parte, sería el máximo goleador del campeonato con nueve goles. Pese al sobresaliente papel de la selección portuguesa, el Estado Novo se inclinó por malbaratar la oportunidad de utilizar este éxito para mandar un mensaje de cohesión al exterior, así como a sus propias colonias –recordemos que la selección portuguesa de 1966 era una selección multirracial-.

Mítica selección portuguesa de 1966. Tercer clasificada en el Mundial tras derrotar a la URSS en la lucha por el tercer puesto

Mítica selección portuguesa de 1966. Tercer clasificada en el Mundial tras derrotar a la URSS en la lucha por el tercer puesto

Observamos, pues, como el modelo fascista que adoptó António Salazar, con la peculiaridad desmovilizadora que ya hemos apuntado, significó que percibiera el deporte como un ámbito en el que poder cultivar valores afines al ideal político-social del dictador portugués. Ideal opuesto, evidentemente, a cualquier principio de espectáculo y movilización social a partir del deporte; de hecho, Salazar optó inicialmente por la desprofesionalización de cualquier deporte -incluido el fútbol- para preservar el carácter íntimo y fraternal que debía alcanzar el deporte portugués. Bajo este punto de vista, podemos afirmar que el Estado Novo sí utilizó el deporte a nivel interno para enraizar una concepción del deporte más cercano al de Educación Física que al deporte de masas. Por el contrario, no utilizó el deporte para ofrecer una apariencia convincente y unitaria a nivel internacional, como sí hicieran sus homólogos fascistas.

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